08.03.16
Festivales _ Pantalla Pinamar 2016

Pantalla Pinamar 2016: Día 3 – Críticas

Dios Blanco, de Kornél Mundruzco (Hungría/Alemania/Suiza, 2014 – Hoy es Mañana)

El cine le dio lugar a gran cantidad de perros que supieron volverse inolvidables. Los simpáticos llegaron enseguida al podio de popularidad: Lassie, Benji, Rin Tin Tin…Pero también hay menos amigables, que hacer estragos con sus mordiscos. El protagonista de Perro Blanco, de Sam Fuller, y Cujo, de la película homónima, son dos buenos ejemplos. Y desde Europa llegaron algunos más particulares. La producción francesa Baxter, de 1989, sobre un bull terrier de intenciones tenebrosas, quizá sea el antecedente más interesante de Dios Blanco.

Cuando su madre se va de viaje por mucho tiempo, Lily (Zsófia Psotta), una preadolescente, debe vivir con su padre en un departamento. Será el principio del fin, ya que Lily no se separa de Hagen, su cariñoso perro. La relación entre ambos no puede ser más dulce y amigable, pero la intolerancia de los adultos que los rodean se hace insoportable, en especial porque una ley indica que se debe pagar un impuesto si el can no es de raza. Hagen termina siendo abandonado, en lo que será el comienzo de una serie de peripecias.

Hasta aquí suena como una película de la factoría Disney o una dirigida por Steven Spielberg. Aunque la separación y la pérdida de la inocencia son temáticas presentes, el enfoque de Kornél Mundruzco es más crudo, realista, oscuro, perturbador. Hagen será perseguido, encadenado, dopado, apaleado, convertido en un perro de pelea, hasta devenir en el líder de una revuelta canina. De hecho, parte de la trama se asemeja a la de El Planeta de los Simios: (R)evolución, sólo que aquí los animales son reales y no actores animados mediante la técnica de captura de movimiento. En tanto, Lily, una vez desesperanzada de volver a reunirse con su compañero y descontenta con la vida en general, empezará a relacionarse con amigos de baja calaña.

Mundruzco demuestra que sabe dirigir tanto actores humanos como animales (un eterno desafío a la hora de hacer cine, en especial si hay grandes cantidades), y no escatima en momentos gore durante las escenas más intensas. Incluso cuando cometen atrocidades, resulta imposible ponerse en contra de Hagen y de su tropa.

Aunque el final surfea en el límite de los excesos, Dios Blanco muestra lo despreciables que pueden ser las personas y el maltrato y la incomprensión que padecen los animales.

calificacion_4

 

 

 

El Movimiento, de Benjamín Naishtat (Argentina, 2015 – Y el ganador es…)

Argentina, siglo XIX, tiempos después de la Revolución de Mayo. Por las estepas, un grupo de hombres con ideales, que pretenden darle forma a lo que será la identidad del país. Pero estos individuos también son capaces de los actos más atroces en pos de su línea de pensamiento.

Luego de Historia del Miedo, Benjamín Naishtat se atreve con un film gauchezco histórico, pero conservando la tensión y los climas siniestros de su ópera prima. En este caso, también hay estallidos de violencia seca y dura, incluyendo sacrificio reventándole la cabeza con una bala de cañón a un pobre vendedor de pan rancio. Una temática áspera, sobre los oscuros manejos del poder, en la que el director se vale mayormente de primeros planos y de una extraordinaria fotografía en blanco y negro aún más lograda durante las secuencias nocturnas. Por el lado del elenco, Pablo Cedrón impone una presencia fiera, tan árida e implacable como aquellos parajes que transita con su tropa.

Una película que, aún anclada en una época, no dejan de trazar paralelismos con tiempos más recientes.

calificacion_4

 

 

 

Jimmy’s Hall, de Ken Loach (Reino Unido/Irlanda/Francia, 2014 – Irlanda: imágenes de la libertad)

Desde los comienzos de su carrera, en los ’60, Ken Loach se erigió como el cineasta de la clase trabajadora. Una vez más parte de un hecho real, ocurrido en los años 30, para contarnos la historia de Jimmy Gralton (Barry Ward), quien regresa de Nueva York a su pueblo irlandés natal. Sus intenciones son simples: trabajar duro y, para distenderse y distender a sus vecinos, organizar reuniones para bailar y pasar un rato agradable. Pero esta actividad es mal vista por el sacerdote, quien acusa a John de incitar a conductas indecentes y promover el Comunismo, doctrina con la que Jimmy simpatiza. Así comienza a haber tensión entre los lugareños. Lejos de quedarse de brazos cruzados, Jimmy encabezará una protesta para pelear por sus derechos.
La lucha por ideales por parte de empleados y la tensión política y social vuelven a ser centrales en Loach. Si bien al principio este choque cultural tiene momentos cómicos y hasta remite al argumento de Footlose, luego la violencia y la persecución irá en aumento a niveles que ya no admiten sonrisas. También hay una feroz crítica al poder de la Iglesia, sobre todo en aquellos tiempos turbulentos.

Pasan los años, y aunque no todas sus películas sean geniales (en realidad, porque ya no presentan sorpresas desde la temática y la ejecución, lo que no es una mala crítica), Ken Loach sigue siendo el abanderado de la clase trabajadora británica y el primero en denunciar el maltrato que siempre padece.

calificacion_3

 

 

 

Techo y Comida, de Juan Miguel del Castillo (España, 2015 – Lo mejor del Festival de Málaga)

Rocío (Natalia de Molina) está pasando un mal momento. No tiene trabajo, le quedan pocos recursos y debe mantener a su pequeño hijo. Va de un lado al otro, buscando una oportunidad laboral, averiguando ofertas, robando en algunos casos. La ayuda de organismos especiales y vecinos no es suficiente, y el alimento escasea, pero Rocío seguirá luchando para conservar la dignidad.

Gracias a una actuación honesta y fuerte, Natalia de Molina se transforma en Rocío, que a su vez constituye una metáfora de la España afectada por una crisis de la que le cuesta salir. Sus buenas intenciones, su desesperación, su rabia, cada aspecto de la humanidad de la muchacha genera una empatía con el espectador.

El director Juan Miguel del Castillo presenta una serie de situaciones devastadoras, tristes, pero evita caer en pornomiseria y en exageraciones, privilegiando una narración sencilla, contada desde el punto de vista de Rocío.

Al estilo de los films neorrealistas de Vittorio de Sica, Techo y Comida es un retrato del presente más complicado de un país, en donde los finales felices podrían no tener lugar.

calificacion_4

 

 

Matías Orta

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