Festivales

04.06.21
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Sheffield Doc Fest 2021 | Diario de Sheffield (1), por Quintín

4 de junio

Me desperté completamente excitado, como cuando asistía a los festivales en persona. A las diez de la mañana tenía que llegar la habilitación para ver las películas online y me salía de la vaina. Entonces me puse a mirar una de las películas de las que me habían enviado un link, el cortometraje inglés Rip Seni, pero no puedo hablar todavia de él porque recién se estrena el domingo y es la premiere mundial.

La acreditación tardó un poco pero, finalmente, se abrió una pantalla con un montón de películas para ver. Tuve una sensación de vértigo, me sentía como un chico al que le ofrecen todas las golosinas de una tienda para que se sirva las que quiera. Sin embargo, faltaba una película, justo la que pensaba reseñar hoy, la de la Opening Night: Summer of Soul (…Or When The Revolution Could Not Be Televised), una película musical centrada en un evento de 1969, el Harlem Cultural Festival, una celebración de la cultura negra que tuvo lugar cerca de Woodstock y en el que tocaron Stevie Wonder, Nina Simone, Sly & the Family Stone, Gladys Knight & the Pips, entre otros. Prometía dos horas cuarenta y dos de fun and music, pero no pudo ser. En el recuadro correspondiente a la película, había una leyenda que decía: “This film is not available in your country”. Pensé que era un atentado británico contra los pobres argentinos pero no, en otros países tampoco se podía ver. Quienes siguen mis notas de fútbol me habrán leído quejándome de los despropósitos que hace Disney con la programación de sus canales deportivos. Bueno, Summer of soul está distribuida por Disney en el Reino Unido y se ve que pusieron esa restricción estúpida (¿cuántos extranjeros tenían acceso a esa película?). Pero así son los que administran las corporaciones, enemigos malignos y cobardes del género humano. 

Dado que tenía (casi) todo el programa del festival para ver, era evidente que no necesitaba seguir el orden pautado por las proyecciones en las salas. Sin embargo, me pareció que perder toda relación cronológica con lo que ocurría físicamente en Sheffield iba a darle a estas crónicas cierta indeseada frialdad. Así que miré lo que daban hoy (en la primera jornada no suele haber muchas películas además de la inaugural) y, entre tres o cuatro posibilidades, me decidí por un cortometraje de media hora, el lituano Golden Flask, de Jurgis Matulevicius y Paulius Anicas. Es parte de la sección Fantasmas y Aparecidos, el título quiere decir algo así como “Petaca dorada” y resultó una elección acertadísima, de los mejores cortos que vi en mucho tiempo. La película empieza con un tipo fumando en la vereda y tambaleándose como un borracho. En verdad lo está y un rato después lo vemos dentro de un departamento diminuto que comparte con su hermano, que es un pintor abstemio y devoto de la religión, una mujer que los enfrenta a ambos (y puede ser la mujer de alguno de ellos) y otra mujer a la que solo vemos durmiendo. Todos parecen hablar en ruso. El lugar es miserable y el estado mental de los protagonistas no es la lucidez. Están en el margen de la sociedad y parecen ser ampliamente infelices. Sin embargo, Matulevicius y Anicas, filman ese espacio como si fuera un templo y, mediante un increíble uso del color y de las sombras (y de la paciencia que sin duda tuvieron) le dan a las vidas que allí transcurren y a sus interacciones un carácter sagrado. No sé cómo lo logran pero, de pronto, uno entiende que una película (a esa altura no importa si es documental o ficción) puede ser otra cosa que un servicio comunitario o el acompañamiento de una denuncia: puede lograr que la vida humana adquiera un valor que el cine desconoce cuando se ata a las determinaciones sociales para medirla. En Golden Flask pasa algo que no se suele ver en una pantalla. 

Sorprendido, incluso fascinado, busqué en la web a ver qué encontraba sobre los directores. Y di con una entrada sobre la película en el sitio de la Lithuanian Shorts, una asociación dedicada a promover los cortos lituanos, donde me enteré de que Matulevicius estudió cine y que Anicas es además poeta y pintor. También encontré un breve comentario sobre el corto, en el que se lee que la película “captura la prosaica rutina de los empobrecidos, los que tienen vidas diferentes, los que beben y luchan para seguir adelante. Aquellos cuyas necesidades, sentimientos y deseos, así como su fe, son tal vez más fuertes en la escala de la emoción sincera. Esta gente, que vive del lado desconocido de la barrera social, parece tener dilemas existenciales más grandes que los nuestros; y, sin embargo, tal vez sean más felices”. Hay algo condescendiente en la reseña, ese argumento podría aplicarse, en principio, a cualquier película que se ocupe de los marginales. Pero estamos aquí frente a una novela de Dostoievski y esas características están en la pantalla. 

Como me interesó mucho la película y todavía había tiempo, vi la transmisión en YouTube del Q&A posterior a la proyección. Matulevicius y Amicas dialogaban (desde Lituania) con un programador del festival. Tenían poco tiempo y tampoco hubo muchas preguntas. Se podían hacer mediante un programa especial desde afuera de la sala, pero no alcancé a preguntar por qué los personajes hablaban ruso (después averigüé que un 15% de los lituanos son rusohablantes y allí hay sin duda una historia). Los directores contaron que habían visto al personaje en la calle y lo encontraron parecido a Tarkovski (a mí el plano inicial del tipo me hizo pensar en Fassbinder) y eso los decidió a hablar con él. También manifestaron su deuda con Sharunas Bartas (el gran cineasta lituano cuyas películas se mostraron en la sección Contracampo de Mar del Plata en los noventa y causaron una pequeña conmoción, aunque tal vez la conmoción la causara la hermosa actriz que las presentaba), con quien habían trabajado. El programador habló de Pedro Costa (referencia a la hora de filmar con devoción y respeto la pobreza) y uno de los directores mencionó a Dostoievski, lo que me hizo sentir reivindicado.

La que también se sintió reivindicada fue Agnès W., a la que le comenté que me había gustado mucho la película. Me respondió que estaba de acuerdo, que me la había recomendado (no me acordaba, la elegí porque la daban hoy) y que les había llegado mediante una inscripción formal. Y luego reveló que había leído la entrada de ayer de este diario (y que acusó el golpe), ya que agregó: “Fue una película que vimos entre todas las que se inscriben y que no la recomendó ningún amigote de ese circuito de programadores sin imaginación que muestran todos la misma cosa”. Touché.

Hasta mañana.

© Quintin, 2021 | @quintinLLP

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