Festivales

03.06.21
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Sheffield Doc Fest 2021 | Diario de Sheffield (0), por Quintín

3 de junio

¿Cómo fue que llegué a Sheffield? En realidad, nunca llegué a Sheffield donde desde el 4 hasta 13 de junio se celebra el Sheffield Doc Fest. Pero acaso la única ventaja de la pandemia es que uno puede visitar festivales sin tener que viajar a ellos, porque las películas se ofrecen online. Así pude disfrutar de Mar del Plata (donde no hubo una versión presencial) y el Bafici (que fue mixto, como es el caso del festival inglés). Pero ¿por qué Sheffield? La historia de mi arribo empieza así. Hay un consenso mundial entre algunos programadores de festivales por el cual los festivales están en decadencia. Curiosamente, los mismos que los programan dicen que el problema con los festivales es que hay un consenso globalizado sobre ciertas películas, películas sobre las que los programadores se ponen de acuerdo o imitan a otros programadores. Y gracias a ese consenso, el resto del cine, el que los influencers entre los programadores no ven o descartan, se vuelve invisible. Esto mismo, que las películas buenas existían (y que a veces estaban incluso en los festivales), pero estaban escondidas por el murmullo del consenso, lo afirmó hace quince años mi amigo Peter Van Bueren durante una charla pública en Mar del Plata.

Uno de los que reformuló esa idea (aunque, al parecer nunca lo hizo por escrito) fue un tal Christopher Small, cuyo primer largo Communists! se vio en el último Bafici. Este Small es programador de Sheffield y también es amigo de Lucía Salas, una crítica, programadora y académica argentina que ahora vive en San Sebastián, con la que cada tanto intercambio mails. Salas me aseguró que la programación de Sheffield, a la que el año anterior tuvo acceso, cumple la condición de apartarse de las películas habituales de festival. Como para ofrecerme la oportunidad de comprobarlo, a partir de esa conversación me llegó hace algunos días una invitación para acreditarme en Sheffield firmada por Gloria Zerbibati, encargada de la prensa extranjera del festival, mujer muy simpática, al menos por escrito y de quien Salas asegura que es de las pocas encargadas de prensa que se comporta como un ser humano (sé bien a qué se refiere, no es un gremio caracterizado por el buen trato a los semejantes). Así fue como llené un formulario, al menos en parte. Porque, en algún momento, me di cuenta de que las preguntas habían pasado de mi nombre y apellido, dirección, medio para el que trabajaba, etcétera, a cuestiones tales como: etnia, género y orientación sexual. Cuando estaba dudando entre “latino con raíces europeas” y “americano originario”, me dije: ¿Pero qué es esto? Y allí advertí que esos casilleros no eran obligatorios. Menos mal. Hace algunos años, preguntarle a alguien su raza o su orientación sexual para acreditarse en alguna parte, hubiera sido considerado una seria ofensa, acaso un delito. Sin embargo, en la era del woke, la idea mayoritaria es que si uno pertenece a una comunidad minoritaria, es bueno que lo destaque cada vez que pueda. Bueno, como soy algo chapado al antigua, me abstuve.

Envié el formulario y estuve unos días esperando que lo acepten. Al final lo hicieron, así que me puse a mirar el catálogo. Es un festival de tamaño mediano, de un poco más de cien películas (algo más chico que el Bafici), con una competencia internacional de once largos (uno argentino, Rancho, de Pedro Speroni, que transcurre en una cárcel de máxima seguridad), una competencia del Reino Unido (14 largos y cortos), panoramas, retrospectivas, focos, un programa de música, etcétera: más o menos lo esperable en cuanto a la arquitectura, con la debida atención a las premieres mundiales y esas cosa, una curiosa sección llamada Fantasmas y apariciones (cuya naturaleza exacta aun no pude dilucidar) y, como Sheffield es un festival progresista (no sé si hay un festival de documentales que no lo sea), hay una sección llamada Rebeliones. Pero también hay una presencia importante de cine Black y del de la comunidad LBGTQ. Incluso, mirando más de cerca las películas, tuve la impresión de que las esperables denuncias están un poco escoradas y que las dictaduras de las que hablan los films no parecen ser nunca de izquierda. 

Pero no me anoté en Sheffield para coincidir ideológicamente, sino para ver películas y comprobar si se rompe la monotonía que se siente alrededor y también, acaso en primer lugar, para ver que pasa por ahí afuera. Es que la cuarentena no es solo material: también hace que no nos enteremos de nada, de que existe una cosa llamada mundo. Necesito desesperadamente salir del encierro. Y ver documentales siempre fue una ventana, más allá incluso del supuesto “arte”, que en un tiempo se hacía contrastar con la información. Con el tiempo, uno se fue dando cuenta de que la verdad no está separada entre forma y contenido. Las películas buenas son las auténticas y eso se nota en lo que cuentan y en el modo de contarlo. Pienso sostener esta obviedad hasta el final, aunque acaso la ponga a prueba.

Mientras revisaba el catálogo me di cuenta de algo: la directora del festival es Cintia Gil, que hasta hace dos años dirigía el Doc Lisboa. Gil es muy amiga de Cecilia Barrionuevo y también de Boris Nelepo, el joven crítico ruso que presenta retrospectivas sofisticadas en Mar del Plata. Nelepo tiene algo de monje negro de la opinión festivalera (no es el único, pero figura en la short list del run-run, de los influencers). También me di cuenta de que en Sheffield trabaja de programadora mi amiga Agnès Wildenstein, que se vino de Lisboa con Cintia Gil (aunque ella nunca salió de Lisboa, donde vive, el teletrabajo está generalizado). Así que llego a Sheffield munido de las recomendaciones de Agnès W. y también las de Christopher S. (vía Sofía S.), aunque tal vez lo mejor hubiese sido no saber nada. Pero son demasiadas películas y, como siempre pasa, uno quiere no perderse las buenas. De ese modo, uno termina reproduciendo la corriente dominante de opinión.

El festival había prometido enviarme el pase para ver las películas online esta tarde, pero tuvieron un problema técnico, así que me quedé muy ansioso. Sin embargo, mi inscripción en la lista de prensa motivó que hoy me llegaran dos mails ofreciendo links para ver dos películas, que acepté corriendo. Era lo que estaba buscando. Las películas eran Charm Circle, opera prima de la americana Nira Burstein (Competencia Internacional) y The Return: Life after ISIS, de la española Alba Sotorra Clua (de la sección Into the Wold). Así que me zambullí sobre la primera en llegar, Charm Circle y, aunque me avisaron que no se pueden publicar críticas de ninguna de las dos hasta el sábado, quiero decirles que empecé el festival con el pie derecho. 

Hasta mañana.

© Quintin, 2021 | @quintinLLP

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