Festivales

05.06.21
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Sheffield Doc Fest 2021 | Diario de Sheffield (2), por Quintín

5 de junio

Otra vez me desperté ansioso, como cuando iba a los festivales. Seguramente ayer hubo una fiesta en Sheffield después de la película inaugural, aunque no sé cómo andan de restricciones y confinamientos en Inglaterra. Seguramente no asistiría a una fiesta a la que hay que ir con barbijo y tampoco me gustan las fiestas en general. Pero recuerdo que las de inauguración eran mucho más alegres que las de despedida. Todo el mundo está de buen humor, los cineastas esperan que muestren sus películas, los críticos esperan verlas, los empleados del festival se muestran hospitalarios y la gente no lleva una semana sin dormir y consumiendo vaya uno a saber qué. 

Hoy a la mañana se proyectaba la primera película de la competencia internacional, Charm Circle, opera prima de la americana Nira Burstein. Cada vez hay más películas, especialmente de directores debutantes, que utilizan como material las home movies filmadas por sus padres cuando ellos eran chicos. Para los cineastas americanos (y tal vez más para las cineastas) es casi un rito de pasaje empezar filmando a la familia y utilizar su archivo de imágenes. Pero esta es uno de las mejores exponentes de este nuevo género. Al principio de la película (filmada durante seis años), los Burstein viven en Charm Circle, un tranquilo rincón de Queens, que alguna vez fue un signo de ascenso social pero ahora no pueden terminar de pagar y viven refinanciando la hipoteca. Uri, el padre, intentó alguna vez hacer carrera con la música, pero después se dedicó a vender propiedades. La madre, Raya, se recibió de terapista ocupacional y ganaba bien. Tuvieron tres hijas, Judy, Nira y Adina y todo parecía ir sobre rieles (los primeros videos familiares son el testimonio) hasta que pasó algo terrible y el hogar de los Burnstein se convirtió en un desastre. Raya tuvo un episodio psiquiátrico y la internaron varias veces con un diagnóstico de esquizofrenia. Judy tiene también problemas mentales serios. Adina vive en el estado de Washington (lo más lejos posible) con otras dos mujeres y planea celebrar con ellas una boda tripartita, una idea que Uri no puede soportar en su carácter de padre judío tradicional (en una línea de diálogo memorable, la madre dice frente la cámara de Nira: “Antes de conocer a tu padre tuve varios novios judíos, pero ninguno era tan judío como él”). Las internaciones de Raya con tres hijas muy chicas descompensaron progresivamente la casa hasta convertirla casi en una pocilga, llena de ropa y de trastos inútiles, con un clima agrio, terrible entre los tres habitantes actuales. Parece una película que va a ser imposible de soportar. Pero, de a poco, este film que arranca en la sordidez se transforma de a poco en una especie de comedia musical protagonizada por gente simpática. Nira Burstein descubre que su padre, además de ser un hombre frustrado y un tonto para la vida, tiene talento para la música y también para la actuación. Y que el resto de la familia puede acompañarlo. Y así, mediante una observación meticulosa, una fluidez narrativa notable y un montaje virtuoso, Nira se pone la familia al hombro y va haciendo que la historia evolucione al mismo ritmo en que sus parientes empiezan a sacar la cabeza del pozo hasta alcanzar un momento sublime e inesperado en la boda de Adina. Los Burstein terminan siendo algo así como estrellas de cine, el documental se hace ficción y la ficción se hace cuento de hadas, un cuento de hadas inestable y un poco triste, pero no menos emocionante. Charm Circle es una demostración por el absurdo de que la tradición del cine americano es tan poderosa que logra ser parte de la vida de los individuos. 

De paso, hay en Sheffield una película argentina que se llama Esquirlas, primera película de Natalia Garayalde, que vi en Mar del Plata. Aquí también las home movies familiares están al servicio de una reparación, pero de una índole distinta. El padre de la directora, un médico de Río Tercero, filmó a sus hijos, pero también la explosión de la Fábrica Militar de Río Tercero en 1995 y se obsesionó con la idea de que no solo fue un atentado sino que liberó en el ambiente sustancias tóxicas. Su propia muerte de cáncer, así como la de una hermana de Natalia y de otras personas ligadas a la investigación le dan asidero a la idea. En todo caso, las películas de su padre le sirven a Garayalde para reparar simbólicamente un desastre y reclamar justicia en esta película dura y sin adornos. 

Después, pasé el resto del día dedicándome a la música. Primero con un doble programa alrededor de Chantal Akerman y Sonia Wieder-Atherton, la violoncelista que colaboró durante treinta años en sus películas y fue su pareja durante veinte. Primero pasaron el corto Son Chant, de la cineasta y curadora Vivian Ostrovsky, una amiga de ambas que las homenajea de un modo jovial y sin un patrón muy claro, mezclando escenas de la obra de Akerman (películas, performances e instalaciones) y termina con un breve momento que filmó a la salida de un restaurante en el que Akerman se sube atrás de la moto de Sonia y las dos se despiden de ella. Una película de gran frescura, que me dio ganas de visitar la filmografía de Akerman, una cineasta que me pasó lejos y murió en 2015. La otra película me decepcionó un poco. El título es Avec Sonia Wieder-Atherton y es una presentación de la cellista filmada por Akerman para la televisión francesa en 2003. La película tiene dos partes. En la primera, que dura unos veinte minutos, Sonia habla a la cámara en el escenario de un pequeño teatro, como si fuera a dar un concierto. Esa parte está maravillosamente filmada y el monólogo de la mujer, en la que habla de su formación y de sus intereses, tiene una claridad meridiana y para alguien como yo, que hasta hace unos minutos desconocía su nombre, fue muy reveladora. Primero por la presencia de la mujer, de una belleza majestuosa y después porque formuló algunas ideas interesantes sobre su música: Wieder-Atherton nació en Estados Unidos de madre rumana y padre americano, pero se mudó joven a París donde estudió el violonchelo hasta que se dio cuenta, escuchando a María Callas, de que ella no podía ligar las notas como lo hacía la cantante. Que los únicos que lograban algo parecido eran algunos instrumentistas de Europa del Este. Así que se fue a estudiar a Moscú durante varios años. A la vuelta, su carrera despegó aunque cuenta en la película que prefiere tocar obras de compositores vivos, con los que puede comunicarse sin tener que adivinar cómo hubieran querido que sonaran sus obras (nunca escuché a un músico decir eso). Luego viene media hora más, que es un concierto. Wieder-Atherton toca sola, acompañada por un pianista o por otros dos cellos y hace obras tradicionales (por requerimiento de los productores, según me enteré después durante el Q&A). Akerman la filma evitando los planos fijos y abusando un poco de sus lentísimos travellings laterales, que atraviesan columnas que separan a los músicos. Sobre la performance de la intérprete no diré mucho, pero me gustaría que algún entendido lo hiciera. El Q&A grabado previamente, lo presentó para mi sorpresa Agnès, que venía de ser vacunada contra el covid. Estaban Ostrovsky y Wieder-Atheron. Ostrovsky me resultó una vieja simpática y la celista, que tiene sesenta, parece de cuarenta, está igual que en la película filmada hace veinte. Las tres mujeres hablaron de la inmersión de Akerman en la música a partir del conocimiento de su compañera y de lo importante que era la banda sonora de su cine.

Y de ahí me fui a la otra punta del mundo musical, porque hoy daban un documental sobre Lydia Lunch, la artista no-wave. El título es Lydia Lunch – The war is never over, dirigida por Beth B. Aprendí un montón de cosas de ese biopic en vida sobre una neoyorkina (la conocía menos que a Wieder-Atherton) que viene dando batalla desde los ochenta como cantante, compositora, actriz, monologuista política, cineasta, activista y performer, pionera del punk, del feminismo radical y de la sexualidad desbordada. En un momento divertido habla de la crítica demoledora que el crítico J. Hoberman le hizo a una de sus películas medio porno. Lunch me pareció una mujer inteligente, agradable, una muy buena profesional del arte y el espectáculo (en un sentido no peyorativo) que no dice nada que hoy no sea un lugar común o casi, pero tal vez sea imposible no hacerlo y además ella los dijo antes. Lydia la viene peleando desde hace cuarenta años y todavía se mueve con la misma energía. En el Q&A presentaron a Lunch desde Nueva York junto con Beth B, que resultó una gran sorpresa: camarada de Lunch desde los viejos tiempos, habita desde los setenta la trinchera del cine under y tiene todavía más polenta y más determinación que Lydia, si es que eso es posible. Las dos dijeron cosas lindas, sinceras: que trabajaban para su tribu, que no les importa tener 50 o 500 en la audiencia y que si llenan un estadio es porque algo anda mal. Que había que arriesgarse a hacer cosas y no dar por descontado que uno va a tener una audiencia. Estas mujeres vienen de otra escena, de otra ética. De una relación con la verdad menos ambigua. Para preguntar en el Q&A de un modo remoto y por escrito hay un programa llamado Slido, en el que ni siquiera hay que decir el nombre. Uno ve las preguntas de los otros, que no llegaron a formularse porque la presentadora solo tuvo tiempo para unas pocas y las entrevistadas se hablaban todo. Había una que me hubiera gustado que contestaran: qué opinaban de la cultura de la cancelación. Mañana hay otra charla con Lydia Lunch en Sheffield sobre el movimiento no-wave. 

Mañana seguimos. 

© Quintin, 2021 | @quintinLLP

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