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18.09.20
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#TIFF20 | Fireball: Visitors from Darker Worlds, por Joaquín Chazarreta

Sin leer más que su subtítulo (digno de un film de ciencia ficción de bajo presupuesto), Fireball: Visitors from Darker Worlds podría ser apresuradamente prejuzgada como una película en torno a la vida extraterrestre. Sin embargo, y por más que algunos de ellos efectivamente sean marcianos, los “visitantes de mundos más oscuros” que atrajeron la avispada mirada de Werner Herzog no son seres, sino rocas espaciales.

En efecto, los meteoritos —su estudio científico, importancia para la historia del hombre e impacto cultural en algunos de los lugares más recónditos del planeta— ocupan el centro del documental más reciente del cineasta bávaro. Y si bien es cierto que, a priori, dicho tema tal vez no resulte tan atractivo como, digamos, aliens, teorías conspirativas y secretos gubernamentales, Fireball logra transmitir tal grado de interés por su objeto que, de un momento a otro y sin darnos cuenta, nos vemos inmersos en una expedición inquisitiva tan fascinante como visualmente deslumbrante.

El film marca la tercera colaboración de Herzog con Clive Oppenheimer, el vulcanólogo de Cambridge a quien entrevistó para Encounters at the End of the World y con quien codirigió Into the Inferno. En Fireball, no sólo su vínculo se nota afianzado, sino que incluso una suerte de ósmosis parece haberse dado entre ellos: a excepción de un par de planos, Herzog permanece detrás de la cámara y Oppenheimer delante de ella, conduciendo las entrevistas; lo cómico es que, de vez en cuando, el delgado académico saca de la galera algunas preguntas típicamente herzogianas, casi como si el cineasta se las estuviera susurrando al oído (la mejor de ellas, sin dudas, es la que clausura la conversación con el cura jesuita encargado del planetario ubicado en la residencia de verano del Papa: “En caso de una invasión alienígena, ¿bautizaría a los extraterrestres?”).

No obstante, hay algo en esta dinámica que no parece terminar de convencer a Herzog, ya que tanto sus entrevistados como su cámara denotan una cierta incomodidad, realmente inusual en el realizador, pero perceptible en la inquietud de su lente y, sobre todo, en sus innecesarias y fallidas interrupciones con fines cómicos. Similarmente, su insistencia con el uso de los drones despierta una serie de cuestionamientos: ¿exactamente qué es lo que ve en este dispositivo tosco e impreciso que lo motiva a incluirlo en cada uno de sus nuevos films? ¿Es posible que su mera capacidad para brindar una perspectiva distanciada pese más que la disrupción narrativa que la aparición de sus imágenes frías y atolondradas significa? ¿O será acaso una decisión de orden económico? Sepan disculpar la retórica, pero verdaderamente me cuesta creer que ésta sea una decisión discursiva tomada a conciencia por el mismo hombre que, desafiando cualquier tipo de lógica y emprendiendo la conquista de lo inútil, decidió subir un barco a una montaña en pos de la ontología de la imagen cinematográfica.

Dejando de lado estas objeciones formales y el hecho de que se trata de un film codirigido, la huella del autor es innegable y hasta fácilmente reconocible. Con reminiscencias de La Soufriere (el pueblo “olvidado por Dios”), de Encounters at the End of the World (la desolada Antártida) y de Into the Inferno (la presencia de Clive y la estructura episódica que no favorece la cadencia del relato), Fireball incluye varios de los elementos más recurrentes de la filmografía de Herzog, desde su característica voz en off, pasando por la música ominosa, el retrato fortuito de sucesos extraordinarios y hasta la infaltable presencia de personajes cuya pasión y visión del mundo resulta tan memorable como su extravagancia o patetismo. Dentro de este último grupo, cabe destacar, se inscriben algunas de las figuras más carismáticas del Fireball, entre ellas un famoso guitarrista noruego que se entretiene recolectando micrometeoritos, un texano que le gusta vestirse de cowboy y que estudia nuevos tratamientos contra el cáncer en su tiempo libre, y un grupo de científicos surcoreanos incapaces de ocultar su exuberante y genuina alegría ante el hallazgo de un nuevo meteorito.

Asimismo, Fireball contiene algunas de esas imágenes pregnantes que, uno supone, de no haber sido por un cineasta tan inquieto como Herzog, siempre en busca de nuevas, exóticas e insólitas visuales, difícilmente hubieran sido registradas por una cámara de cine. Siendo que describirlas aquí sería un reduccionismo absolutamente inútil, sólo me limitaré a decir que una de ellas, de una simpleza sorprendente, se propone la difícil tarea de hacernos imaginar un apocalipsis de proporciones bíblicas y, asistida por la voz en off del director, lo logra. Lamentablemente, la imagen es pronto desplazada por el peor sustituto posible: fragmentos de películas que a duras penas ilustran eso que apenas unos segundos atrás fue descrito como “inimaginable”, pero que Herzog decidió incluir de todos modos ya que sus efectos especiales le resultaron simpáticos.

Es poco probable que alguien encuentre en Fireball: Visitors from Darker Worlds uno de los documentales más pulidos y destacables del realizador de Grizzly Bear y Lessons of Darkness. Aún así, hay en él una búsqueda de trascendencia que, lejos de percibirse pretenciosa o forzada, se amalgama a la perfección con el tema que retrata. Imbuido en ese sentido de asombro que —como bien dice el cura jesuita— es la raíz tanto de la curiosidad científica como de la creencia religiosa, Fireball nos habla de los meteoritos como entidades contradictorias, como cuerpos celestiales que descienden y destruyen, pero que también crean a partir de los minerales que dejan en el suelo. Es precisamente en esa dualidad —la misma que encarna Shiva, dios de la creación y la destrucción— que Herzog y Oppenheimer señalan la posibilidad de una experiencia por fuera de uno mismo, de una respuesta a la soledad de la raza humana, a la finitud de la vida, a la incertidumbre de la vida después la muerte.

De cierto modo, aquello que su cámara busca al adentrarse en el interior de un cenote, en la Península de Yucatán, es eso mismo que los mayas esperaban hallar “más allá del inframundo”, eso que el pueblo mexicano celebra en el Día de los Muertos y eso que los habitantes de una aldea papuana prácticamente inmaculada retratan mediante una danza ritual. A través de su baile —nunca antes registrado— intentan llamar la atención de los astros para que éstos se lleven las almas de sus muertos y las conduzcan hacia una nueva vida. A su manera, estos hombres también buscan la trascendencia y, sin saberlo, la alcanzan: gracias a una cámara atenta que los inmortaliza y que funde las chispas de su humilde fuego con la inmensidad de las estrellas en el firmamento.

 

 

© Joaquín Chazarreta, 2020 | @JMChazarreta

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, 2020)

Dirección: Werner Herzog, Clive Oppenheimer. Guion: Werner Herzog. Duración: 97 minutos.

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