A Sala Llena

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La vida de Penny Johnson

La vida de Penny Johnson

Hoy estaba leyendo un artículo en un blog fashionista sobre Dirty Dancing. La escritora fatigaba los outfitts de las mujeres de la película, esgrimiendo argumentos acerca de por qué tendrán siempre categoría de “must” en nuestro vestidor. Que los cinturones enormes, que los bodys, que las acordonadas, y que las musculosas blancas de algodón con falda de gaza y tacones plateados. Leer el artículo, colorido para un miércoles a la mañana, me hizo entrar en un tren de pensamientos e ideas. Un análisis matero, que combinó cebadas eternas, milanesas frías mordidas como galleta, rateada a la peluquería y algunas notas personales a las que poner un pin en la mente. 

Me detuve, decía, sobre Dirty Dancing.

¿De qué se trata Dirty Dancing?

Rápidamente, la innumerable fila de fanáticos y devotos lanzará todo tipo de respuestas correctas: del primer amor verdadero, de baile caliente, del despertar sexual; de una chica que se convierte en mujer frente a los ojos de un padre que se resiste, de la decepción que todos atravesamos al ver que los padres no son quienes pensábamos o, peor, que no son lo que nos hicieron creer que eran… De la hipocresía de clase media acomodada, de Patrick Swayze en camiseta, de pasar el mejor tiempo de tu vida etc, etc… Pero tal vez la respuesta más relevante en este momento sea la que dice con todas las letras que es una película sobre el aborto. Y quizás esta película, estrenada en el ‘87 y transcurrida en los ‘60, sea una de las mejores maneras que encontró el cine de contar por lo que una mujer trabajadora debe pasar a la hora de practicarse un aborto clandestino, en el contexto de un coming of age tan romántico y cursi, como potente y clásico.

Si bien adelante tenemos la historia de Johny y Baby, la pareja inconveniente compuesta por la virgen de clase acomodada y el bailarín caliente de clase obrera, detrás y como posibilitador de todo el idilio, tenemos el embarazo no deseado de Penny Johnson, una bailarina virtuosa de clase trabajadora que se hizo a sí misma, ex rockette y mejor amiga de Johny. Que no puede darse el lujo de tener un hijo (fruto de un romance clandestino con un nene de papá bien jodido) si quiere seguir teniendo trabajo. Un trabajo que ni siquiera le da para pagarle al carnicero que le hará el aborto.

Baby provee el dinero y Penny aborta para después agarrarse una infección de padre y señor nuestro, porque el procedimiento fue hecho en condiciones paupérrimas. El salvador es nada más y nada menos que el padre médico de Baby, que detiene la infección y la salva, pero que se resiente con su hija por haber propiciado el aborto. Todo un mosaico representativo de la monumental hipocresía de clase media acomodada, que le enseña a sus hijos a pensar de manera progresista, pero cuando estos lo hacen libremente, entra en pánico y los castiga desconociéndolos.

Baby se lo dice claro a su padre: “Cuando decías que todas la personas son iguales y merecen una oportunidad, te referías a las personas que son iguales a vos”. Si bien el padre de Baby, interpretado por el brillante Jerry Orbach, no juzga a Penny por practicarse el aborto, sí juzga severamente a su hija por proporcionar el dinero y a Johny, a quien cree pareja de Penny, por no estar a la altura de las circunstancias. Un prejuicio de género y de clase antológico, que termina asumiendo en el baile final de la película. “Cuando me equivoco lo reconozco”, concluye mirando a Johny, mientras vuelve a reconocer a su hija como la mujer libre, luchadora y decidida que es. Una mujer que él educó, pero que aún así lo sorprende ejerciendo la libertad que le metió por las venas.

Si, un gran canapé de sexismo, opresión, hormonas, enamoramiento, prejuicios, valentía, lucha, conciencia y liberación. Algo como lo que a diario presenciamos en los medios de comunicación argentos: hipócritas embanderados, mujeres luchando, chupacirios negadores, clandestinidad mortal, feminismo en movimiento, machismo recalcitrante y pañuelos verdes libertarios.

Ahora estamos todas las Babys, todas las Pennys, todas las Lisas de este país exigiendo, ya no pidiendo en susurros, lo estamos gritando, demandando a los cuatro vientos que queremos, tenemos, y que ya no negociaremos la soberanía sobre nuestros cuerpos. Que ya no vamos a esperar que graciosamente nos la otorguen como concesión de último minuto. Que vamos a exigir lo que nos corresponde a grito vivo, sin miramientos ni más contemplaciones: Nuestro derecho a elegir.

Y tal vez sea bueno que los que están en contra vuelvan a ver Dirty Dancing, esa película que anda cada tanto por todos los canales de cable, y que tu primo de Junín bailó en Feliz Domingo cuando la Tierra todavía estaba caliente.

A veces, para ver si sos el bueno o el malo en la historia, solo hace falta ver una película. Entender cuáles son los malos allí, y mirarte en el espejo que andas esquivando.

¿A quién te estás pareciendo por estos días? ¿Sos como Baby, o te importa un carajo la vida de Penny Johnson?

Aborto legal, seguro y gratuito YA.

© Laura Dariomerlo, 2018 | @lauradariomerlo

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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