17.03.21
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Crítica: Allen v. Farrow (Hbo Go), por Hernán Schell

Todos jueces

Hace unos meses sucedió algo increíble. Bee-Vang, el actor coreano que protagoniza Gran Torino junto a Clint Eastwood, comenzó a denunciar a la película de Eastwood de “anti-asiática” y a denunciar que el largometraje estigmatiza a la comunidad Hmong. Volví a ver la película hace poco y me cuesta creer de qué forma puede darse esa estigmatización. La descripción de los personajes asiáticos es absolutamente anti-estigmatizante. Lejos de pensarla como un conjunto homogéneo de personas que se  comportan igual, muestra sencillamente que hay algunos coreanos buenos como malos, ingenuos como astutos, valientes o cobardes. Es esa conciencia sobre esa humanidad la que hace que el personaje de Clint Eastwood (un ex soldado de la guerra de Corea), busque tanto la salvación de sus amigos asiáticos como su redención personal.

No creo que esa sea una lectura particularmente profunda u original. Y estoy seguro de que si se diferencia tanto de la que hace Vang es por el problema de la corrección política; este hace que se vea cualquier tipo de ofensa en cualquier lado. Se ha dicho que la corrección política es una forma de censura, pero en verdad es otra cosa. El arte en general y el cine en particular convivieron mil veces con formas de censura y en algunos casos esto no les impidió hacer obras maravillosas. El código Hays promovía la autocensura en plena era clásica de Hollywood. Pero allí se sabía con cierta exactitud con qué se estaba lidiando y qué era lo que el Código Hays pedía. A partir de allí se hacían películas que o bien obedecieran lo que el Código quería, o bien se las arreglaran para sortearlo con sutilezas de todo tipo y color.

La corrección política es otra cosa porque no se sabe bien para dónde puede disparar. La gloriosa Había una vez…en Hollywood puede provocar al Me Too haciendo de su héroe un presunto femicida sin que tenga una condena. Promising Young Woman puede ser una película extremadamente misándrica sin que salte ningún colectivo ofendido. Ahora, Robert Zemeckis hizo hace poco The Witches y tuvo problemas con la gente que tiene tres dedos porque su villana tiene esa característica. Hace poco se dijo algo tan extravagante y ridículo como que Pepe Le Pew hacía apología de la cultura de la violación, lo que provocó que  sacaran al célebre zorrino creado por Chuck Jones de la película Space Jam 2.

Este tipo de disparates acusatorios los leemos todo el tiempo porque, además de todo, la corrección política es extrañamente retroactiva. Películas que ya nos habíamos olvidado o que se estrenaron hace décadas pueden ser revisadas ya no bajo la lupa de la moral actual, sino bajo cualquier lupa retorcida que permita una condena. Porque no se trata simplemente de lecturas personales, sino de lecturas que nos dicen cómo deberíamos ver esa película, con qué aspecto deberíamos ofendernos y cómo actuar en consecuencia.

El caso Woody Allen ha sido una versión particularmente violenta e insólita de todo esto. Hace décadas atrás, la denuncia sobre el abuso a su hija Dylan había sido desestimada y al no haber habido ninguna condena, su carrera se desarrolló normalmente y sin que ningún actor pidiera disculpas por haber trabajado con él. Desde hace unos años la reaparición de la denuncia (no desde el punto de vista judicial, sino mediático) hizo que actores que habían trabajado con él se desmarcaran de inmediato. En algunos casos, como el de Timothée Chalamet, se llegó al hecho de insólito de que el actor trabajara con Woody Allen sin problemas sabiendo de este caso y poco después, en un ataque de conciencia repentino, decidiera arrepentirse, pedir disculpas y donar su sueldo.

Son actitudes que no suenan muy sinceras, sino más bien demarcaciones urgentes para salvaguardar una imagen. Decir que Woody Allen es pedófilo y que abusó de su hija parece ser lo correcto entonces lo decimos como si la pederastía fuese una acusación que se puede hacer livianamente y no uno de los crímenes más horrendos que pueden existir.

Por eso es que quizás no sorprende tanto la aceptación crítica que tuvo un documental como Allen v. Farrow en Estados Unidos (sospecho que en el resto del mundo ha sido parecida). Estéticamente hablando es un documental de medio pelo, tramposo y efectista. Periodísticamente hablando es de una pobreza no sólo notoria sino además fuertemente irresponsable.

Vayamos a un ejemplo. En un momento la serie documental quiere hablar de Woody Allen como un obsesivo por las menores de edad. Para hacer esto recurre a tres pruebas. Guiones que escribió y algunas películas suyas en las que se habla de hombres grandes saliendo con menores de edad (obviamente aparece Manhattan y el personaje de Trixie), el testimonio de una mujer que asegura haber salido con Woody Allen décadas atrás cuando ella tenía menos de 18, y testimonios de personas que podrían haber visto pruebas de que Allen habría tenido relaciones sexuales con Soon-Yi previo a que ella tuviera 18 años.

La mujer que dice haber salido con Allen no solo no tiene ninguna prueba de que lo dice es cierto, sino que además se encarga de informar que Allen ni siquiera sabía que era menor. Los testimonios son, obviamente, supuestos. Y en cuanto a la “prueba” de las películas y los guiones, podría servir como criterio para acusar a Scorsese de mafioso o a Roland Emmerich de terrorista.

El otro elemento, mucho más grave, que es el de la acusación de la pedofilia, podría convencer a aquellos -supongo que son muchos- que no tienen la menor idea de cómo fue el caso en la década del 90. Pero así y todo una mirada atenta podría desarmar algunas raras contradicciones. Por ejemplo, en el capítulo 3 se habla de que una de las posibilidades por las cuales Woody Allen pudo salir exonerado de la acusación de pedofilia es que tenía conexiones que lo hacían sumamente poderoso. Por alguna razón, esas conexiones no le sirvieron para nada en el juicio de tenencia, que Farrow ganó y donde el propio juez dejó en duda el caso de abuso de Allen.

Por otro lado las omisiones son groseras. El documental se concentra en una sola pericia a Dylan por parte del MIT sin mencionar que hubo otra pericia del Departamento General de Nueva York donde no encontraron evidencia de abuso. Hubo, además, otros doctores que desestimaron la denuncia como una fantasía. Desde la propia terapeuta de Dylan, pasando por una terapeuta de la familia (Susanne Oates).  Tampoco menciona la severa claustrofobia de Woody Allen, una patología psíquica que hace muy improbable que haya elegido un espacio tan reducido como un ático pequeño para abusar de su hija. Ni que no se encontró ningún signo físico de abuso en el cuerpo de Dylan, ni los dos análisis psiquiátricos (el de la psiquiatra de Woody Allen y el de Fred Brown, un profesor emérito de psiquiatría experto en pedofilia), que dijeron que la personalidad de Allen no encajaba desde ningún punto de vista en la de un perverso de esas características.

Algunos de estos cuestionamientos (y otros más) aparecieron como voces solitarias en las críticas americanas. Por ejemplo, esta nota de The Guardian donde la periodista cuenta que les acercaron a los directores las preguntas sobre los puntos flojos del documental. Lo que recibieron a cambio fue una carta general y bastante ridícula en la que los responsables no se hacían cargo de ninguna de las inconsistencias.

Hacia el cuarto capítulo el documental comienza a hablar de la carta de Moses Farrow. Uno de los hijos de Mia que no solo dice que no hubo tal abuso por parte de su padre,  sino que además acusa a su madre de haber sido -y posiblemente seguir siendo- una persona muy oscura, que mantiene una relación enfermiza con sus hijos que incluye abusos físicos y lavados de cerebro. La carta puede leerse aquí y es tan tenebrosa que podría ser perfectamente extraída de un relato de terror. El documental no puede omitir tamaña acusación hacia Mia Farrow, pero se nota que quiere sacarse el tema rápidamente de encima. Simplemente desmiente los abusos mediante el testimonio de los otros hermanos, y como tiene que seguir manteniendo el relato de que Mia Farrow es prácticamente una santa moderna y una madre de una familia maravillosa, omite mencionar que la carta de Moses Farrow alude a tres hijos de ella que murieron por suicidio y sufrían depresiones severas (hechos que Moses atribuye a los maltratos de Mia).

Más allá de todo esto, el documental incurre en una deshonestidad pasmosa. Moses Farrow declara en un momento de su carta que el relato de Dylan no puede ser cierto, entre otras cosas porque ella habla de un tren eléctrico y no había ningún juguete así en el ático donde teóricamente sucedieron estas cuestiones. No es un dato menor. Según Dylan Farrow, el tren eléctrico yendo por un carril  era el elemento distractor que Woody Allen había usado para que su hija mirase mientras la abusaba.

Para desmentir la carta de Moses, el documental dice que la policía encontró efectivamente un tren de juguete. Lo que el documental no aclara es que ese tren -al que denominan convenientemente “de juguete”- no era eléctrico sino de plástico. Por lo cual aquel relato de un tren eléctrico andando no encaja con la realidad.

Es increíble que un documental incurra en tamaña deshonestidad sin que haya de su parte una intencionalidad grosera de linchamiento y una falta total de respeto a los hechos. Pero lo más sorprendente de todo es que incluso usando manipulaciones fácilmente comprobables, el documental pueda sentirse en posición suficiente como para aleccionar a quienes decidieron creerle a Woody Allen sobre la inexistencia de ese abuso.

Y acá es donde aparece uno de los momentos más desagradables del documental, pues empieza a dividir aguas entre quienes decidieron creerle a Dylan (Natalie Portman, Timothée Chalameet) y aquellos que se niegan a acusar a Allen (Alec Baldwin, Adrien Brody, Cate Blanchett, Diane Keaton, Scarlett Johansson). Obviamente que, según el documental, los que están con Dylan se encuentran del lado correcto, mientras que los que se niegan a emitir opinión o directamente defienden a Allen serían o ingenuos o cretinos.

El tema es que también parece una obviedad para el documental: una cosa como el principio de inocencia no existe.

Allen v. Farrow llega a un nivel de demencia tal que le parece bien que gente acuse de pedófilo a alguien que nunca tuvo una condena (ni fue acusado antes o después de ese hecho por ninguna otra víctima que no fuera Dylan), mientras que le parece particularmente terrible que otra gente decida creerle o simplemente (como dice muy acertadamente Adrien Brody) dejarlo en la esfera de lo privado.

Más allá de todas las conjeturas que haga Allen v. Farrow, el documental no puede negar que nunca cayó una sentencia firme sobre el director, y no se puede pedir, desde una manipulación moral espantosa, que se lo llame pederasta, como si la creencia de uno pudiera estar sobre las instituciones. Con similar criterio podríamos pedir a actores que le digan a Moses que le creen y comenzar a acusar a Mia Farrow de ser una abusadora perversa. Lo cierto es que no hay forma de alabar o incentivar esto salvo que se tengan pruebas realmente contundentes.

El hecho, triste o no, es que aun cuando Allen hubiera abusado de Dylan, y logrado ser un psicópata genial capaz de engañar a dos psiquiatras, a un detector de mentiras y usar un poder casi mafioso para salvarse, la no condena lo exonera de los cargos y cualquier linchamiento hacia él no puede verse como otra cosa que una salvajada digna de otros siglos.

La pregunta es, ¿cómo es que HBO se prestó a hacer semejante horror y cómo es que somos tan pocos los que no ven en esta serie una cantidad de atrocidades inmensas?

A mí entender no hay otra explicación que el hecho de que Allen v. Farrow sabe captar un espíritu actual de estos tiempos que es la necesidad de juzgar. La necesidad de llamar a Allen pedófilo, la de hablar de Pepe Le Pew como un apologista de la violación o la de decir que Gran Torino es racista, son todas formas que con mayor o menor nivel de gravedad o daño siguen esa misma lógica de la urgencia por tomar posición.

Por eso Allen v. Farrow se encarga de hacer una de las preguntas de moda hoy en día.

¿Se puede separar al arte del artista?

La pregunta parece profunda y sofisticada pero es en verdad bastante idiota. ¡Por supuesto que se puede! No creo que haya demasiado problema en ver Vértigo sabiendo que Hitchcock acosó sexualmente a Tippi Hedren, o escuchar a Miles Davis sabiendo que el músico golpeó a todas sus parejas. No puedo imaginarme, francamente, ningún ser humano que al momento de leer, o ver, o escuchar algo de un artista necesite tener un carnet moral de ese creador para poder disfrutar del arte que hizo.

Instintivamente cuando vemos una obra de arte, lo que contemplamos es exactamente eso sin necesidad de estar pensando en quién la hizo. Por otro lado, es una suerte que sea así. Nadie se va a volver antisemita por leer los hermosos Cuatro Cuartetos de T. S. Eliot, ni vamos a matar una persona por ver una pintura de Caravaggio.

Lo único que en general se logra haciendo la pregunta estúpida del arte y el artista es que empecemos a preguntarnos si no es mejor pasar por la vida prohibiéndonos cosas extraordinarias por el sólo hecho de sentirnos buena gente.

Porque básicamente eso es lo que se hace cuando se pone el dilema de “arte y artista”. No es un dilema para iluminar nada sobre la obra, sino para que la persona que lo enuncia pueda sentir que no tiene ese defecto que le atañen al genio artístico. Salvo raras excepciones, cada vez que un crítico/filósofo o lo que sea, habla de cuestiones como la psicopatía de Picasso para con las mujeres, o el antisemitismo de Wagner, está hablando poco y nada de la obra de ellos y mucho de todo lo no antisemita o lo no psicopático que es él.

No deja de haber un placer en esa autocomplacencia moral, por algo es una de las actividades más practicadas de hoy. El problema es que esta acumulación de juicios obligados termina creando un clima desgastante, que alimenta las actitudes irresponsables, las miradas superficiales, la paranoia y la autocensura.

Quizás uno exagere un poco frente a esto. Quizá sólo se trate de una psicosis pasajera que Allen v. Farrow aprovecha para convertirse en una de las consecuencias más monstruosas que esta actividad puede tener. En el peor de los casos, será una nueva moral que a la larga nos convertirá en un mundo de jueces. Sólo quedará esperar y hacer la espera más amena viendo grandes obras de arte. Teniendo en cuenta esto, entregaré esta nota y me dispondré con mi mujer a ver Manhattan.

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@ Hernán Schell, 2021 | @hernanschell

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Estados Unidos, 2021)

Dirección: Kirby Dick, Amy Ziering. Producción: Amy Herdy, Jamie Rogers.

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5 respuestas a “Crítica: Allen v. Farrow (Hbo Go), por Hernán Schell”

  1. “No puedo imaginarme, francamente, ningún ser humano que al momento de leer, o ver, o escuchar algo de un artista necesite tener un carnet moral de ese creador para poder disfrutar del arte que hizo.”
    Excelente, Hernán. Saludo grande.

  2. Milena dice:

    Que contradicción tan grande. Si no hay que separar la obra del artista, porqué esa necesidad de negar todo lo expuesto en el documental? Parece que es mejor no creer lo obvio para poder disfrutar de las “extraordinarias” obras artísticas. Sigamos viviendo en el siglo pasado sin poner en cuestión nada, así mantenemos todo estable. La crítica tiene que renovarse.

  3. Hernán Schell dice:

    Hola Milena.

    No veo lo de la contradicción.

    Lo de cuestionar lo que aparece en el documental como argumentos para calificar a Allen de pedófilo no tiene nada que ver con lo de separar arte de artista. Es otro tema que traigo a colación porque el documental lo hace en el cuarto capítulo.
    Aún si hubiera pruebas sólidas e irrefutables y una condena firme a Woody Allen no tendría problemas en ver sus películas. Del mismo modo que no tengo problemas en ver o leer, o escuchar obras de cretinos absolutos que han cometido actos criminales comprobados.

    Lo que digo es que acusar a Allen de pedófilo cuando no hay otra prueba que el testimonio de Dylan y sospechas de testigos, + algunas personas que le creen está mal.

    Como también está mal que el documental no haya dicho nada de lo que menciono en la nota acerca del caso. Concentrarse en una pericia cuando hubo dos, no hablar de los exámenes psiquiátricos que le hicieron a Allen y lo de la terapeuta familiar, es absolutamente real y comprobable. No es negar nada. Omitir esta información para que la balanza le de bien a la denuncia de Dylan Farrow está pésimo por donde se lo vea.

    Lee el artículo de The Guardian sin ir más lejos.

    Dicho esto. No tengo idea de si Allen abusó o no (vos tampoco, de hecho), pero me parece que todas las omisiones que señalo en la nota dan cuenta de que hay un margen de duda por lo menos importante. Si a eso le sumás algo tan básico como el principio de inocencia que tenemos gracias a una Revolución que se dio en 1789, y sí, creo que llamar a Allen pedófilo es moralmente repudiable.

    Desde el momento en que Allen no tuvo una sentencia firme, lo de la posibilidad de abuso o no de Dylan queda en el ámbito privado de la familia y cualquier escarnio público o llamado a hacerlo es reprobable.

    Saludos!

  4. Hernán Schell dice:

    Perdón escribí este último comentario muy cansado y redacté pésimo. Espero se hayan entendido los conceptos. Calculo que si.

  5. Milena dice:

    Hola Hernán.
    Recién veo tu respuesta. Entiendo tu crítica con respecto a la forma y el contenido del documental. Pero no comparto la necesidad de cuestionar tanto el argumento del mismo, sobre todo sin un poco de perspectiva de género, la que no tuvo tampoco la justicia que determinó que Allen era inocente. Justamente creo que el documental trata de exponer esas fallas (el hecho de hacerle repetir varias veces el testimonio a Dylan cuando hoy en día se sabe que eso provoca una revictimización en las personas que sufrieron abusos, sumado a que se basaron en el falso SAP para defender las acusaciones). Será una cuestión de posverdad, cada unx elegirá a qué o a quién creerle. Yo no valoro a la institución justicia en estos casos, porqué en cuestiones de género tiene muchas falencias al día hoy. Y viviendo la desigualdad y las violencias a las que me tuve que acostumbrar desde chica sólo por ser mujer siempre voy a creerle a la persona que denuncie un abuso, sobre todo si es una niña.
    Los argumentos de las películas de Woody Allen, que brindan una mirada del mundo que no comparto y que creo que hay que cuestionar, me hacen dar cuenta de la importancia de no separar la obra del artista, porque me permite entender mejor qué ideas está exponiendo y que luego vemos reflejadas en la sociedad. Será lamentable y repudiable el escrache público, pero frente a la impunidad no encuentro algo mejor. Pretender que quede todo en el ámbito privado siendo personas públicas y mediáticas, y después de tantos años de exposición del caso a favor de Allen, no me parece lógico ni justo.
    Simplemente tenemos distintos puntos de vista. Saludos.

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