28.02.18
Internacionales _ Series

Crítica: Black Mirror (Netflix), por Alberto Tricarico

Unas cuantas miradas

Black Mirror es una serie inglesa de diecinueve capítulos en total, repartidos en cuatro temporadas cortas (que van, de manera salteada, desde 2011 a 2017). Cada relato es unitario protagonizado por diferentes actores y con historias todas diferentes entre sí. Los une la tecnología, su uso, y casi todos los capítulos presentan una diégesis que transcurre en un futuro indeterminado. A veces cercano, otras no tanto. Lo interesante de la cuestión es que – como sucede en las buenas películas que abordan este tema – eso que pasa en el futuro podría pasar ahora. Si lo miramos bien: ya está pasando de un modo u otro.

Cada capítulo plantea una crítica severa al progreso moderno, sobre todo en su faz tecnológica y a la dependencia humana – por momentos inevitable – respecto a la máquina. En algunos casos la serie construye un fuera de campo alrededor del tema de la libertad en el mundo moderno muy bien logrado. En otros, se vuelve muy inocente. Pedro Seva lo analiza perfectamente en una crítica realizada tiempo atrás a la serie en este espacio.

Es una serie irregular dado que el formato unitario posee diferentes guiones, diversos ritmos, elencos, directores y muy distintas puestas en escena. Hay capítulos muy buenos, otros no tanto. Hay algunos muy complejos, y otros muy simples. En algunos casos la imaginación del futuro es muy palpable, sutil y creíble.

Hace poco se estrenó la cuarta temporada que, contrariamente a lo que parece, se renueva y sintetiza muchos de los temas y obsesiones tratadas en las temporadas anteriores. Es también una temporada irregular, pero superadora. El campo fantástico está mejor delimitado, el fuera de campo mejor construido, y hay una claridad mayor acerca de qué sostiene ese mundo futuro imaginario, que de alguna manera es este mismo mundo que vivimos, dentro de poco.

La libertad – o la falta de ella – se conjuga con el amor, y sobre todo con la soledad. El tan mentado progreso tecnológico que viene a solucionarnos la vida, justamente complica y vuelve más frágil y limitada la existencia. La unidad esencial de cada capítulo provoca que los veamos casi como a una película distinta a cada uno de ellos. Algunas muy buenas.

Hay algunos capítulos de la cuarta temporada que me parecen superlativos por su construcción, tanto narrativa como simbólica. Pedro Seva se ocupa de muy buena manera del primer capítulo de esta cuarta temporada (USS Callister), yo me voy a ocupar del tercer capítulo llamado Crocodile, escrita por Brooker y dirigida por John Hillcoat.

La historia transcurre en dos días. Mía Nolan es una arquitecta prestigiosa, esposa de un amoroso marido y madre de un hijo de nueve años. En el pasado, de muy joven, había protagonizado un horroroso episodio junto a Rob, su novio de aquel tiempo, a la salida de un boliche, estando ambos borrachos. Como era de esperarse, el pasado viene a buscarla. Quince años después del episodio, aparece su antiguo novio arrepentido por haber matado y tirado el cuerpo de un ciclista al lago y pretende escribirle a una carta a la viuda. En un forcejeo, Mía mata a su ex novio y se deshace del cuerpo.

El elemento técnico distintivo aquí es una máquina que permite ver los recuerdos de las personas a través de una pantalla pequeña. Una agente de seguros, Shazia, está averiguando detalles de un accidente. Un cliente de la compañía para la que trabaja los demanda al ser atropellado por un camión. Esta mujer opera la máquina – que ya desde hace tiempo la usan la policía y la justicia, entre otros – y llega a Mía que, luego de haber matado a Rob, fue testigo casual del accidente en cuestión. Ella tiene que recordar y aparecen los recuerdos del asesinato. A partir de allí, Mía no se detiene y sigue con un periplo terrible de un asesinato tras otro.

La estructura es perfecta. Cada cosa está puesta en su lugar y por algo. Toda la puesta es simétrica, cada cosa que aparece en el primer cuarto de hora es usada satisfactoriamente más tarde en el relato: Las cámaras de seguridad, la mascota que le regalan al hijo ciego de Shazia, el ensayo del discurso en el baño frente al espejo, la melodía que se escuchaba el día del accidente, las dos apariciones de Rob, los dos desayunos familiares en casa de Mía, las apariciones del marido de Shazia, la cafetera de la familia, entre otras cosas.

Cada elemento se arma en torno a la idea general, que coincide en parte con la idea general de la serie: Las pérdidas en términos humanos a las que nos somete la tecnología y sobre todo la soledad de la vida moderna. Pero aquí hay algo más – como en todos los buenos capítulos de Black Mirror –: un elemento paradójico y ambiguo, que tiene un correlato estupendo con la canción que canta el hijo de Mía junto a sus compañeros en la escuela. “Podríamos haber sido lo que hubiéramos querido…” cantan disfrazados de adultos con trajes antiguos. El crimen perfecto que Mía lleva a cabo dos veces, una con Rob, el del ciclista, y luego – quince años después – el asesinato del mismo Rob, son descubiertos porque ella no fue lo que hubiera querido. Ese “no está todo perdido…” de la canción, parece estarlo para Mía a esta altura. La libertad que se lleva puesta la modernidad – tan perseverante en la serie – es simétrica a la cárcel de la personalidad de Mía y su conciencia.

Mía llora – segundos antes de ser encontrada por la policía – y en ese llanto hay tres cosas: lo que ve el marido y los demás padres – emoción por el hijo cantando en el escenario –, la tristeza por lo que hizo, donde aquella pequeña culpa casi disuelta del pasado se transforma en los terribles crímenes que acaba de cometer, y finalmente, lo interno: que se complementa fuera de campo con la canción inocente de los niños. Esa vida que pudo haber sido y no fue… eso que podríamos haber sido. Esa otra vida, eso otro. Lo Otro.

Las dos mujeres tienen un hijo. El de Shazia es ciego y ella ve los recuerdos de los demás, el de Mía canta lo que ella pudo haber sido, mientras ella se esconde tras esos discursos vacíos de profesional prestigiosa. En el encuentro entre Mía y Shazia, ésta le dice: “lo privado es privado”. Haciendo referencia a lo íntimo de cada uno. Con lo dicho, esta cuestión de la individualidad se vuelve peligrosa. La mentada canción de los niños remata con la falta de unión y su necesidad para evitar la soledad de las personas. Esto se resuelve sobre el plano de Mía llorando acurrucada pegada a su marido.

Hay otros capítulos destacables en la cuarta temporada que recomiendo y que analizaremos en otra oportunidad. Arkangel, Hang the DJ, y sobre todo el último que corona la serie – y da a entender su cierre y final – llamado Museo Negro, donde muchos de los objetos – técnicos – que jugaron en la serie son expuestos en un perverso museo en medio de la nada.

© Alberto Tricárico, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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Una respuesta a “Crítica: Black Mirror (Netflix), por Alberto Tricarico”

  1. Federico dice:

    Ojalá no sea el cierre definitivo, sino una pausa que luego nos traiga mas reflexiones. No dejemos de mencionar el unico capitulo integramente en Blanco y negro: MetalHead. Desde una estetica impecable se marca un coontraste entre lo salvaje y lo tecnológico, en un mundo en el la tecnología te persigue de manera implacable.

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