31.01.21
Internacionales _ Series

Crítica: Lupin – Parte 1 (Netflix), por Lucas Manuel Rodríguez

 

LOCOS Y NO TAN CONECTADOS

La más reciente adaptación de la obra de Maurice Leblanc llegó por realización local y producida por Netflix en formato serial. Los creadores George Kay y François Uzan siguieron los pasos del Sherlock encarnado por Benedict Cumberbatch y transpusieron los relatos de Arsène Lupin a la modernidad del siglo XXI, pero sin aludir a los inconvenientes de un mundo pandémico.

Esta serie propone de entrada una vía de acceso con los espectadores a través de un mcguffin de calibre hitchcockiano, como lo es un collar de perlas exhibido en el Museo del Louvre que mantiene en vigencia los percances atravesados por las familias Diop y Pellegrini. Acompañamos así al protagonista Assane (Omar Sy), en vistas de ajustar cuentas con la familia adinerada que –contingentemente- ocasionó la muerte de su padre y mentor, Babakar Diop (Fargass Assandé). 

Lupin, siguiendo la tradición de su referente literario, dispone de un personaje cabecera con aires tanto de ladrón como detectivescos, por lo tanto le corresponde más una transparencia en clave de relato de atracos -como las heist movies-, aunque sin convertirse en una fábula de vendetta personal movida por escenas de acción. Las tiene, lógicamente, de ahí que se empleara la dirección de Louis Leterrier (las dos primeras entregas de El Transportador, Danny the dog, Hulk: El hombre increíble y ese film de prestidigitadores que fue Nada es lo que parece).

De esta primera parte podemos decir que cuenta con un elenco apto para la ocasión, lo cual no es poco decir, ni mucho tampoco. Omar Sy, sin sobresalir en la totalidad de sus variaciones actorales, ofrece un registro con el que se pueden valer todos los episodios que nos faltan por conocer, algo que la directora Marcela Said (I Love Pinochet, El verano de los peces voladores, Los perros) supo explotar en su máxima expresión con el quinto episodio, en el que nos encontramos a un Sy por momentos conmovido e irónico, como también corriendo, trepando techos y hasta aplicando miradas y movimientos propios de un asesino empleado por algún servicio secreto europeo, cuando confronta a su perseguidor en una salida familiar a bordo de un tren.

Las destrezas actorales no son el plato fuerte de la serie. No se les brinda a sus talentos el espacio suficiente como para ejecutar una actuación digna de cantadas premiaciones y por supuesto que esto lo destacamos como algo positivo. Por otro lado, sí distinguimos a Soufiane Guerrab del elenco secundario, de nuevo, no por el desempeño dentro de su oficio, sino por el seguimiento con el que sobrelleva al personaje de Youssef Guedira, quien, en particular por la última escena, ya ha comenzado a encaminarse como el equivalente del Jack McGee de la serie El increíble Hulk, en ese rol del investigador que, en un principio, no sabe si oponerse a las maniobras de semejante enigmático que lucha por esconder su verdadera identidad y después hasta le termina salvando la vida a sus espaldas.

Nuestras discrepancias con estos cinco episodios introductorios de Lupin sobresalen en sus aspiraciones poéticas. A las locuras y conexiones míticas apeladas verbalmente en el episodio quinto le juegan en contra las repeticiones. Hay tres ahorcamientos a lo largo de las cuatro horas de duración. Dos están en representación de la firma del enemigo ante la intervención de quienes quieran exponerlos. Uno es auto efectuado por el mismo Assane/Lupin con motivos de distracción. Sin embargo, jamás logran volverse tema o continuidad en el relato. Solo son dispositivos que nos llevan de una escena a otra.

Lo mismo sucede con el empleo de los espejos. Como intento de trazar cierta dualidad en personajes que tienen todas las intenciones de volverse aliados de Lupin, cuando sus lazos familiares y/o profesionales los atormenta. Ilustremos esto con los dos llamados telefónicos que realiza Hubert Pellegrini (Hervé Pierre) al comisionado Dumont (Vincent Garanger) y a su hija Juliette (Clotilde Hesme), respectivamente en los episodios tres y cuatro, para ponerse al día con los golpes silenciosos de su adversario. Los interlocutores del señor Pellegrini se encuentran siempre al alcance del reflejo de algún elemento especular. Sí, son bellos los encuadres de esos planos, pero no trascienden de reducirse a decoraciones que despojan a ambos personajes de sus respectivos puntos de vista y solo se convierten en un grito alarido que apunta exclusivamente al público espectador.

Las repeticiones escasamente se vuelven simétricas. Vayamos, sino, al cuarto episodio. Si merece triunfo alguno es por haber compartido la perspectiva absoluta de los planes de Assane con la aliada de turno. Es con Fabienne Beriot (Anne Benoît) que el operar de este Lupin contemporáneo se aleja de la mera mención de las citas textuales para el público desconocedor del Lupin literario y se acerca más un artificio expuesto que a la sobreexposición casi habitual. Esto por el impulso de escenas como la del  ingreso a un edificio privado o cuando vemos cómo  Fabienne lo ayuda a maquillarse, pero sin dejar de tropezar con la repetición por sí misma. No tanto por el gag de la mascota que ladra cada vez que se lo menciona a Pellegrini, y bastante por volver a la expresión “una buena periodista nunca revela sus fuentes” una reiteración insignificante –pese a la tragedia eventual-, en vez de dotarla de una lírica simbólica, con la que hubieron intenciones y el accionar no acompañó. Como los tres ahorcados, esas tres menciones fueron reducidas a la cifra de una marca registrada.

La sorpresa, el shock, es otro factor persistente en este relato de engaños. Narra con un recurso similar al de Guy Ritchie en El agente de CIPOL o Luc Besson en Anna – El peligro tiene nombre. Advertimos el proceder del embuste mucho después de haber sido realizado. Sin embargo, la minoría de las veces se apalanca en un orden representativo del relato y está más al servicio de la trama que tiende a tomarnos por esos mismos personajes idiotas quienes, en palabras de Assane, “lo vieron, pero no lo miraron”. Toda analogía, así, es válida por voluntad de quien mira la serie y esto pocas veces es mutuo por parte de la misma, que se esfuerza por atar todos los cabos en términos absolutos con escasa concomitancia nuestra. 

Lo que más prefiere cifrar Lupin son los vínculos de sus personajes secundarios, sus motivos, por qué están donde están. Esto no se espeja necesariamente en sus acciones, en congeniar el por-qué-hacen-lo-que-hacen con el cómo-lo-hacen. Lo cual no carece de lógica interna. El problema es que nos excluye de todo tipo de vínculo de lectura y al ofrecernos la solución en las escenas siguientes la relectura solo se vale del mero disfrute, del entretenimiento, de la evasión y poco más.

Por más contraproducente que suene, y con nuestra insistencia por señalar sus falencias metafísicas, el Lupin de Omar Sy nos terminó de simpatizar en el último episodio y queremos saber cómo continúa.

 

 

© Lucas Manuel Rodriguez, 2021 | @LucasManuel94

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

(Francia, 2021)

Creadores: George Kay, François Uzan. Dirección: Louis Leterrier, Marcela Said. Elenco: Omar Sy, Ludivine Sagnier, Clotilde Hesme, Vincent Londez. Producción: Isabelle Degeorges, Nathan Franck, Martin Jaubert. 

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