14.01.18
Internacionales _ Series

Crítica de The End of the F***ing World (Netflix), por Horacio Bernades

(Gran Bretaña, 2017)

Creador: Jonathan Entwistle, sobre comic homónimo de Charles Forsman. Dirección: John Entwistle (cinco episodios) y Lucy Tcherniak (tres episodios). Guion: Charlie Covell, Jonathan Entwistle y Charles Forsman. Fotografía: Justin Brown y Ben Fordesman. Edición: Celia Haining y Mike Jones. Elenco: Jessica Barden, Alex Lawther, Steve Oram, Wunmi Mosaku y Gemma Whelan.

La serie inglesa The End of the F***ing World es un prodigio. Basada en el comic homónimo, reescribe una variante del policial clásica del cine, la de “amantes en fuga”, que reconoce como ejemplo más añejo una película de Fritz Lang de comienzos del sonoro, Sólo se vive una vez (1936) (fue a ella, obviamente, a la que parafraseó la serie Bond en Sólo se vive dos veces, 1967). Esta línea genérica se tiende hasta la modernidad, con ejemplos tan notorios como Bonnie & Clyde, Badlands, de Terrence Malick, o Asesinos por naturaleza. El autor del comic, Charles Forsman, y el creador de la serie, Jonathan Entwistle (¿será acaso el hijo del bajista de los Who? Google no lo informa) practican una serie de reajustes sobre el modelo original. El primero es, obviamente, bajar la edad de la pareja protagónica a la adolescencia. De este primer reacomodamiento surgen los otros dos: la reducción del componente policial de las variantes modélicas previas (por necesidad o por rebeldía ante la autoridad, las parejas adultas cargaban con su porcentaje de víctimas) y el carácter pop de The End of…, que fusiona angustia existencial con bares ruteros, cabellos parafinados y camisas hawaianas.

Fusionar, fusiona cualquiera. Se le añade una pizca de romance a la cuestión generacional y a ciertos temas de época (la soledad, el encierro, el autismo, el otro como disvalor) se le suma la cuestión policial y se obtiene… ¿qué? La cuestión es cómo se fusiona y para qué. Haga usted la prueba de preguntarle a media docena de espectadores qué clase de cosa es The End of the F***ing World. Uno le dirá que es una comedia negra. Otra, una fábula nihilista sobre la contemporaneidad. El o la de más allá, una historia de crecimiento. Los que faltan, un drama generacional, una tragedia criminal, una love story. Todos tienen razón y nadie la tiene del todo, ya que la creación de Jonathan Entwistle (escribió los guiones de los ocho episodios, dirigió cinco de ellos con mano segura) es todo eso y seguramente varias cosas más.

La fusión funciona, porque no está hecha por pura y tonta voluntad de mezclar (como esos directores que no saben qué hacer y entonces toman un poco de aquí y otro poco de allá, suponiendo que las películas son como frankensteins, pero sin electricidad), sino con algo en la cabeza. The End of the F***ing World tiene muchas cosas en la cabeza. Sabe que hay familias en las que los adolescentes no la pasan bien, sea porque son hijos de padres débiles, abusadores o poco confiables. Sabe que si el mundo no funciona es necesario rebelarse. Como sea. Odiándolo, si es necesario. Pero también sabe que las hormonas mandan y buscan amar. Aunque el objeto amoroso sea un desastre, indigno de esa pulsión e incapaz de corresponderla. Sabe que la adolescencia es la edad de la subversión y el desamparo, dos sentimientos tan disímiles que en algún punto tienen que entrar en combustión y provocar desórdenes insolubles en quien los experimenta.

La adolescencia es también la edad de la verdad, la edad en la que no se admite ninguna hipocresía, ninguna doble moral, y The End of the F***ing World transpira verdad aunque no transpire: como buena serie inglesa tiende a lo cool, a lo reprimido y contenido, antes que a lo emocional y extravertido. Pero también eso está resuelto con la mayor inteligencia, mediante un diálogo entre lo que los protagonistas dicen y lo que piensan, en off. Ninguna nota se siente falsa, ni en el máximo de los artificios (salvo tal vez en la insistencia de unos flashbacks que vuelven una y otra vez, justamente como flashes brevísimos, al momento traumático, el del cuchillo y la sangre). Como si fueran un Buster Keaton dark y una de sus heroínas, los protagonistas, Jessica Barden y Alex Lawther, dominan la inexpresividad hiperexpresiva. Lo cual es un arte mayor, y no cede ni siquiera cuando ambos aparecen bañados en sangre.

© Horacio Bernades, 2018 

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

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