17.07.19
Internacionales _ Series

Stranger Things 3 (Netflix), por Melina Cherro

Desconociendo las respuestas y también las preguntas

¿Por qué miramos? Esa es la pregunta que late sin parar a medida que avanzan los minutos de esta tercera temporada de Stranger Things. ¿Por qué miramos? ¿Por qué otra vez estamos asistiendo a esta sucesión de eventos que no tienen sentido alguno?

Las respuestas son rápidas. En primer lugar, por la misma razón que miramos cualquier otra serie, o film, o inclusive aquellos más aventurados que se atreven con la lectura de un libro en esta era de lo digital, de lo breve, de lo vacío. Es decir, que miramos porque buscamos entretenernos, distraernos de nuestros quehaceres cotidianos. Mirar nos traslada a un mundo diferente al nuestro y nos da un respiro. Necesitamos de la ficción para seguir viviendo, porque mirar y leer es como soñar despiertos. 

Pero también miramos porque buscamos algo más. Desde el origen de los tiempos las diferentes formas de representación –la pintura, los relatos, el teatro– sirven para que los seres humanos entendamos cómo funciona el mundo, el universo. La ficción nos devuelve una y otra vez a esas preguntas esenciales para nuestra existencia: ¿de dónde venimos? ¿Hacia a donde vamos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Existe el destino? ¿Por qué morimos? ¿Qué es la muerte? Y así. El arte, cuando es arte, sabe que debe ocuparse de estos temas, porque los seres humanos estamos en busca de respuestas todo el tiempo. Por eso hacemos lo que hacemos.

Y, lamentablemente está Stranger Things. Que es en todo sentido la oposición a esta función que el arte tiene. Porque es ese el gran problema de esta serie en sus tres temporadas. Los hermanos Duffer se han ocupado a lo largo de las tres partes de arremeter contra todo lo que buscamos cuando miramos. En esta tercera temporada –que desgraciadamente no será la última–, recurre una vez más a las citas vacías, parafraseando íconos cinematográficos de los años ochenta y poniéndolos en funcionamiento copiando lo visual, pero privándolos de su sentido absoluto. Si en la temporada dos tomaba a El exorcista y, calor mediante, realizaban un ritual ateo desconociendo por completo el origen católico –porque para enfrentar al demonio siempre hace falta un cura, o si queremos un rabino–; en esta tercera usurpa la figura del Terminator de James Cameron copiando su fisionomía, sus gestos, y hasta incluso su batalla final –que es una copia de la última pelea entre terminators del segundo film de Cameron. Pero no es más que eso. Copia. Lejos de comprender el sentido último de Terminator, este sujeto aparentemente invencible no es más que un soldado ruso con menos fundamentos –ya no de sentido, sino dramático, ¡de diégesis! –que cualquiera de las otras formas que tomaron los propios terminators en las espantosas secuelas del film original. *

Pero volvamos al centro. ¿Por qué miramos? Porque buscamos respuestas. Y como la serie se ocupa de construir incógnitas y sigilos, pero no los resuelve, entonces los espectadores volvemos a mirar, esperando que en algún momento nos respondan algo. Pero los Duffer desconocen las preguntas. Ellos mismos parecen tener respuestas tan cientificistas y liberales en relación a la existencia, que subvierten la propia función del medio en el que se mueven. Tal es así que no saben las respuestas de la trama que construyen. Nada del universo fantástico tiene lógica. Todo es posible porque nada tiene fundamentos. Nada en Strangers Things es causal –como dice Borges que debe ser la ficción**– sino casual, como el propio capricho humano. Si, como dice el escritor, la ficción debe ser lúcida y pormenorizada, es porque en su construcción hay una idea secreta, cifrada, respecto a la existencia de lo humano y de lo sagrado en el universo. El autor de la ficción ordena en ella una serie de eventos sobrenaturales que en su despliegue tienden a preguntarse sobre el misterio del mundo. Sin embargo, aquí la grieta-portal, el monstruo y su conducta, la presencia soviética con su laboratorio y experimentos, y hasta los poderes de Eleven son tan caprichosos como aquél “exorcismo” con calor.

Y entonces nos tienen presos. Presos de una falsa ficción caprichosa que no ofrece ni preguntas, ni respuestas, ni misterios verdaderos. Todo es vacío. Porque así nos quieren, huecos, mudos, y sin preguntas. Si no nos preguntamos, consumimos porque creemos que allí están las respuestas.

De extraño nada. Una vez más la maquinaria da cuenta de sus armas. Gracias a Dios existe John Connor que siempre está allí para salvarnos.

*Nos referimos a las secuelas y demás post Terminator 2: Judgment Day (1991).

** El arte narrativo y la magia, Borges, Jorge Luis. Primera aparición Revista Sur 1932. Editado el mismo año en Discusión. 

© Melina Cherro, 2019

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

COMENTAR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

COMPARTIR

© A SALA LLENA.