20.04.16
Festivales _ Teatro _ X FITAZ

X FITAZ : Obras de Italia, Bolivia Y Chile.

Llegar a La Paz, en Bolivia, ya implica una dificultad importante. Esta ciudad, ubicada a 4600 mts, sobre la ladera de una montaña, es de difícil acceso y convivencia. Sin embargo, lo que allí encontramos – y quizá precisamente por eso – es una especie de tesoro poco tocado por el mercado de las potencias, que a través de todos sus productos y mediante la globalización termina anulando las distintas identidades culturales. En Bolivia, las cholas – mujeres originarias – andan por el medio de la ciudad, con sus amplias y coloridas faldas y sus trenzas hasta la cintura, haciendo sus compras, vendiendo sus verduras y sonriéndole al sol, suavemente. En ese contexto un Festival Internacional de Teatro iba a tener necesariamente otro color, otro perfume, otra profundidad. Una más parecida, quizá, a la que en los orígenes del teatro fueran las celebraciones por la cosecha y el vino, salvando las distancias y manteniendo un espíritu festivo de un pueblo que aún hoy enaltece a la Pachamama. De hecho abren el Festival, los llamados Kusillos, personajes típicos con cuerpo humano y máscara como de pájaro – por su nariz alargada y doblada en la punta –  o diablillo y vestimentas coloridas, que realizan movimientos similares a las antiguas danzas tribales.

La pieza que inicia el Festival es italiana – Io provo a volare! y habla de la dura vida del artista. Era una buena elección para la apertura. Y el símil con las dificultades que enfrenta el teatro en Latinoamérica se daba natural y justamente. El actor principal, Gianfranco Berardi, no vidente, realiza un despliegue descomunal de destreza en casi un monólogo que sostiene prácticamente sólo, acompañado de dos músicos (Davide Berardi y Bruno Galeone), dirigido por Gabriela Casolari. La historia es la de un espíritu que regresa cada noche al cine-teatro en donde quiso iniciar los primeros pasos de una gran carrera. Era un aspirante a actor de un pequeño pueblo del sur de Italia que, lleno de ilusiones y coraje, decide enfrentarse a todo para ser profesional. Allí pide trabajo como asistente pero lo toman de encargado de mantenimiento y no le pagan. Apretando los dientes acepta pero un día se cansa y se toma el primer tren a la gran ciudad. Trabaja de todo y paga la academia en la que se recibe. Pero cuando orgulloso con su título va a buscar trabajo, ‘’nadie necesita actores”.  ‘’Pero yo soy de la academia!’’  ‘’¡No necesitamos!’’. Al límite de claudicar ve una carpa de circo, entra y ruega por trabajo, suplica y consigue el número del ‘’mono’’, por el cual si se cae de la cuerda floja lo comen los leones. A punto de ser devorado y con su cabeza en las fauces de las fieras, escucha a una voz decir: ’’no te preocupes, acá somos todos de la Academia’’. Habiendo comprendido el mundo vuelve a su hogar, desesperanzado, aunque recordando su cine-teatro de pueblo, que supuso que con su experiencia podría llenar de cultura. Pero luces de neón alumbraban asientos atigrados y un piso de mármol: que juró destruir. Y al hacerlo, muere encerrado en el teatro de donde nunca pudo salir. La obra es emocionante y desgarradora. Una parábola perfecta y amarga de la realidad de miles de artistas, con un texto repleto de un humor ácido, plagado de denuncia, muy europeo pero con esa calidez latina y enardecida propia de lo italiano. Y que simboliza el poco interés y cuidado que cada vez más aplica el mundo a la cultura.

La siguiente obra fue boliviana y también hablaba de lo que implica o debe implicar ser artista. El duende andaluz, con Piraí Vaca y Marcos Malavia; dirección del último y diseño de iluminación y regiduría de Marcelo Sosa. El duende es la musa, ese espíritu generoso que hace que las obras tengan ese brillo por el que son buenas y su artista talentoso. Lo que intentó hacer este espectáculo fue mezclar el mundo de la música a través de la guitarra clásica, con los avatares inocentes de un clown. La idea no era mala, la música clásica siempre tiende a un natural formalismo que al clown le resulta irresistible intentar doblegar seduciendo a través de esa torpeza que produce risa. Pero a pesar de que un clown es un personaje siempre tipificado, la interpretación tan dibujada no permitía que los textos – de gran lucidez y belleza – lograran profundidad.  Actuación y dirección no conjugaron para hacer posible la idea. Conseguía en algunas personas, posiblemente, enternecer desde los movimientos del payaso tan posibilitado de ablandar lo que sea pero al carecer prácticamente de conflicto se quedaba en una dialéctica que además era repetitiva. La obra podría tener, sin embargo, un cierto encanto como espectáculo para niños. Y es innegable el talento de la guitarra. Pero en algún lugar producía cierta tristeza: por la dura paradoja que se generaba – o quizá desde alguna aceptación secreta interna – al carecer la obra de eso mismo de lo que explicaba que una obra no podía carecer.

Bolivia fue mejor gala a través de la compañía Teatro de Los Andes, con la obra Mar. Este grupo tan exitoso y reconocido por más de 30 países, suele tener despliegues escénicos notables, poéticos, dotados de un gran dominio espacial y corporal, a través de un texto claro. Sin embargo esta obra en particular se compone de una especie de emparchado en la estructura dramática. Algunas escenas eran excelentes; otras bajaban un poco la calidad, por un momento parecía que buscaban la risa fácil con algún sketch predecible pero volvían a otra escena brillante. El talento de montaje de este grupo nunca defrauda, siempre con sus actuaciones en el estilo que corresponde a este teatro del altiplano, por lo que sólo parece haber estado un poco endeble la dirección. La compañía llama la atención por ser representativa de Bolivia pero estar conformada por varios extranjeros. Cesar Brie – quien fuera el director durante alrededor de 20 años – era argentino, Alice Guimaraes es brasilera, Gonzalo Callejas y Lucas Achirico son bolivianos pero Giampaolo Nalli (co-fundador del grupo y coordinador general) es italiano. Sin embargo su identidad en algunos adquirida, adoptada o tan bien lograda para la escena, que es lo que importa, no dejó de estar y la poesía andina se derramaba en cada una de las imágenes, especialmente del último tercio de la obra, con un magnífico broche final. Por último, siempre es emocionante lo que se ve como una noble militancia política y social en los contenidos, a pesar de que la compañía misma, exprese – extrañamente – que ellos no tienen ese interés. La obra es el llanto y denuncia de Bolivia por la falta de mar; con un hermoso texto de Aristides Vargas – quien también está a cargo de la dirección gral-, a través de la historia de tres hermanos (La Paz, Santa Cruz de la Sierra y Sucre) que quieren enterrar a su madre (Bolivia) en agua salada.

Finalmente Chile estuvo presente y decidió poner todas las fichas, su alma y su talento a la educación, esa razón por la que nació el teatro. Lo hizo a través de La Araucana, una historia sobre la conquista de América. A través del relato escrito por Alonso de Ercilla, un soldado-poeta al que le tocó ir a la guerra de Arauco en 1558 y que lo inspiró para escribir el famoso poema ‘’La Araucana’’. Toda la hazaña está realizada por cuatro actores-músicos que interpretan a decenas de personajes, que entran y salen de ellos con el talento típico de la Commedia Dell’ arte.  Un gran despliegue de relato teatral generado por el oficio más ancestral: la mímica, los chistes del clown, el elemento imaginario, y por si fuera poco, la música acompañando cada instante, tanto con canciones como con sonidos incidentales. La excelente dramaturgia y dirección son de Francisco Sánchez. Y Alfredo Becerra; Eduardo Irrazábal; José Araya y Daniela Ropert, se mueven con alegría y humor contándonos esta aventura pero no sin un fuerte sentido de denuncia, a todo eso que hoy imitamos: los colonizadores de nuestra tierra.

Y mientras que Bolivia ruega, clama por lo que le falta y Chile hace una autocrítica, Italia habla con esa experiencia del hermano mayor y hace, en silencio, las dos cosas.

Por Natasha Ivannova

 

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