23.06.19
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Crítica: Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story by Martin Scorsese (Netflix), por Hernán Schell

(Estados Unidos, 2019)

Dirección: Martin Scorsese. Participan: Bob Dylan, Patti Smith, Joan Baez, Sam Shepard, Sharon Stone, Joni Mitchell, Roberta Flack, Bette Midler. Producción: Margaret Bodde, Jeff Rosen. Duración: 142 minutos.

Todos aman a Dylan

Hay una escena en Buenos Muchachos que es de lo más ambiguo y desconcertante que ha entregado una película de Scorsese. Se trata de un instante en el cual Henry Hill, el narrador de la historia, nos dice que había podido convencer a su amigo y jefe James Conway de que no asesine a Morris Kessler, un vendedor de televisión que usa peluquín y habla hasta por los codos. Pocos minutos después de eso vemos que Conway lleva a Morris hasta un auto para que este último sea brutal y sorpresivamente asesinado. En ese momento uno como espectador puede interpretar dos cosas: o que Henry genuinamente no sabía nada de lo que iba a pasar y que hay una parte de la historia  que él ignora, o que Henry efectivamente sabe lo que pasó pero que como narrador está mintiéndonos para su propia conveniencia judicial. Hay varios momentos así, tanto en Buenos Muchachos en particular, como en la filmografía de Scorsese en general, donde es imposible saber qué tan veraz es la persona que hay atrás contándonos los hechos. Uno de los ejemplos más contundentes de esto es por supuesto El lobo de Wall Street, película contada desde el punto de vista de un sociópata manipulador y obsesionado con la venta (de acciones, de lapiceras, de su empresa y,  por supuesto, de su propia vida), que nos quiere convencer de que su vida es un sueño mientras se filtran en su relato escenas de su estado de paranoia permanente; de su condición de padre ausente y marido golpeador; y de una una vida signada por un estado de pesadilla que él mismo se construyó. El Bob Dylan del documental (por llamarlo de alguna manera) Rolling Thunder Revue es también un mentiroso, no del estilo sociopático como Jordan Belfort, pero mentiroso al fin, en una película atestada de ellos. La película empieza incluso con una imagen de George Méliès, acaso el primer farsante autoconsciente que dio el cine, haciendo un truco en uno de sus cortos. Sigue con otro mentiroso: un vendedor de banderas por el bicentenario de los Estados Unidos que confiesa ante la cámara que a él la patria no le interesa para nada. Luego de este vendrá una imagen de archivo de Richard Nixon, el más célebre (aunque muy posiblemente no el peor) de los mentirosos que tuvo la historia de los presidentes de Estados Unidos. Y junto con todos ellos, claro, Bob Dylan, que en la película se revelará como otro gran farsante.

A Dylan Scorsese ya lo había abordado en No Direction Home, el interesante documental que aborda los orígenes y años más importantes de uno de los artistas más relevantes del SXX. Sin embargo, si No Direction Home es una película que se dedica a explicar su vida e importancia de manera didáctica, Rolling Thunder Revue se concentra más que nada en la histórica gira que Dylan realizara en el 75 y el 76 con varios otros artistas. Un tour ambicioso y suicida desde el punto de vista económico, en el cual Dylan (un artista que estaba ya en la cima de su popularidad) se dispuso a reunir varios músicos (entre gente como Joan Baez y Joni Mitchell) y tocar con ellos en lugares pequeños de ciudades poco habitadas con el objetivo de hacer que estos espectáculos fueran más intimistas. Por otro lado, a total contrapelo de la mencionada No Direction Home, Rolling Thunder Revue escapa casi a cualquier tipo de didactismo histórico, ya que mezcla hechos de la realidad con relatos ficticios (algunos más claramente verosímiles que otros); que dejan en claro que no todas las declaraciones de Dylan serán necesariamente ajustadas a la realidad.

De hecho ya desde los primeros minutos de esta película Dylan nos dice que nos contará algo que no es recordado de forma fehaciente por él; a la hora nos asegura que es muy probable que una persona que no tenga una máscara puesta va a caer en el testimonio falso; y más de una vez sus declaraciones se contradicen con las de otros entrevistados que tampoco sabemos a ciencia cierta si nos dicen la verdad o si recuerdan fehacientemente lo que dicen recordar. Esta mezcla de ficciones y medias verdades mezcladas con la filmación de hechos verídicos es lo que vuelve a Rolling Thunder Revue un film que cuestiona su propia idea de documental. Esto último justamente hizo que varios críticos la compararan, a mí entender muy apresuradamente, con F for Fake, de Welles, como si cualquier mezcla de realidad con ficción (algo que a esta altura ya se hizo mil veces) tuviera necesariamente que estar relacionada con este largometraje extraño y canónico.

Lo cierto es que a Welles en F for Fake le importaba la relación entre la mentira y el arte, y sobre todo entre el arte y el artista. El pintor que pintaba copias tan perfectas que se confundían con el original era un problema fascinante para Welles porque cuestionaba la figura del artista como creador importante y único, y a su propia obra como algo que le excedía. Digamos que a Welles en F for Fake le interesaba la figura de la mentira y la ficción. A Scorsese, en cambio, le fascina la figura del mentiroso y su producción de ficciones, y si Dylan es el que más se destaca de todos los mentirosos es porque parece ser el mejor: con su expresión casi siempre neutra y amargada (y posiblemente actuada, de ahí lo reveladores que pueden ser en esta película esos momentos donde vemos a Dylan sonreír espontáneamente); su sentido de la teatralidad en el escenario y el tono monocorde y casual con el que es capaz de narrar disparates inventados como si fuesen verdaderos.

Tanta habilidad no puede hacer otra cosa para Scorsese que generar fascinación entre la gente, incluso la del propio director, que parece filmar a Dylan a cada momento como un mito viviente. Uno de estos momentos, particularmente memorable, la encuentra a Patti Smith recitando y luego cantando la historia de un personaje de otros siglos que según Smith “se mueve en otra dimensión”. Mientras Smith recita esto, Scorsese corta a un instante en el que vemos a Dylan caminar entre las rocas, representando visualmente a esta figura que está justamente por sobre cualquier medianía.

Por otro lado, para mostrar esta grandeza del personaje, Scorsese utiliza un recurso durante los conciertos de Dylan que ya había empleado en la extraordinaria The Last Waltz (sobre el grupo The Band) y la algo sobrevalorada Shine a Light (sobre los Rolling Stones). Dicho recurso consiste en registrar al cantante en el escenario obviando mayormente planos del público que está mirando dicho concierto. Esto les da a los cantantes justamente una cualidad gigantesca y legendaria, de artistas que en el momento en que cantan exceden en importancia a cualquier persona que puede estar viéndolos. Esta lógica estética, sin embargo, se rompe de manera especialmente significativa en un fragmento de Rolling Thunder Revue, y es cuando Dylan compone la canción Hurricane y la canta por primera vez en uno de los conciertos de la gira. Allí sí existe una mayor alternancia entre lo que Dylan canta y las reacciones del público. Tiene sentido después de todo. Hurricane, tal y como lo cuenta el documental, ayudó a que se popularizara el caso de Rubin Hurricane Carter, el boxeador que sería falsamente acusado de homicidio por motivos raciales.

En alguna medida, es como si Scorsese mostrara que Dylan, gracias a su enorme talento como escritor de canciones y showman, logró dentro de su personalidad elusiva marcada por el espíritu farsesco, generar reacciones genuinas que tendrían repercusiones en la realidad concreta.

Acaso esto no sea tan distinto de cuando Scorsese nos muestra una conversación increíble que sostienen Joan Baez y Dylan. Baez, que había sido pareja de Dylan, mira a su ex con un embelesamiento indisimulable mientras hablan de su pasado cuando convivían. Nuevamente, la condición de farsante de Dylan no le impide -y quizás también le ayude a- generar sentimientos y acciones sumamente reales entre los que lo rodean.

Quizás es por esto que en esta película pareciera hay tantos personajes que quieren tomar algo de Dylan. Desde Allen Ginsberg hasta Patti Smith y la mencionada Joan Baez o una mujer del público que se dispone en un momento a repetir lo que había escuchado de Dylan. Entre ellos incluso habrá un entrevistado que, sin ningún tipo de pruebas, asegurará que Dylan le copió una forma de agarrar el cigarrillo. Instante insólito y sumamente gracioso que parece probar más un aspecto del entrevistado con ganas de que Dylan tenga algo de él que del cantante. Quizás esto explique también las ganas de Scorsese de ser al igual que Dylan un gran mentiroso, y de abrir la película con la imagen de un realizador como Méliès,  quien hizo de la manipulación de la realidad y la creación de fantasías su principal sello reconocible. Scorsese, disfrazado de un Méliès de estos tiempos, será el hombre que manipulará también con la edición y hará trucos más o menos visibles ante el público. No se trata de decir, como decía Welles, que todo arte es necesariamente una mentira, sino que toda mentira, dicha con gracia y talento y con mayor o menor nivel de autoconsciencia, ejerce una atracción única. Esa atracción oscura o luminosa, constructiva o destructiva, que saben generar, por ejemplo, artistas sublimes como Dylan, políticos sin escrúpulos como Nixon, realizadores lúdicos como Méliès y obras maestras como Rolling Thunder Revue.

 

 

@ Hernán Schell, 2019 | @hernanschell

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