01.08.19
Directores _ Dossier

Esa máquina de cine que es Tarantino, por Santiago Buonasena

“Narrador por naturaleza”

Quentin Tarantino es una máquina de Cine. Con una burda metáfora (cuyos detractores estarían muy de acuerdo) podríamos decir que se alimenta de películas, absorbe sus nutrientes y la materia fecal son sus propias obras. En su filmografía encontramos todo tipo de influencias, conjugadas de manera aleatoria. Desde guiños visuales, frases en otro contexto, cameos de celebridades o elementos dramáticos que forman parte de sus tramas. Este talento (que muchos, con su justa razón, llaman “farsa”) es la coherencia con la que ha sabido mantenerse vigente a lo largo de más de 20 años. Todas sus películas funcionan autónomamente y, si las despojáramos de las mencionadas influencias, aún podríamos encontrar un concepto que las une más allá de la cita cinéfila. En el cine de Tarantino, las historias y la creación de personajes, son parte de la vida.

De todas sus películas como director (e incluso como escritor), siempre hay alguna instancia donde sus personajes cuentan historias a otros. Ya sea para entretenerlo, distraerlo, mentirle para esconder una realidad o fabricar una verdad para salvar su propio pellejo; en los films de Tarantino hay constante narración de historias. Y sus personajes, además, muchas veces interpretan personajes. Deben personificar a otras personas para salir de una situación o hacen de la interpretación parte de un juego mutuo. En su cine, la mentira es moneda corriente, pero Tarantino nunca le miente al espectador. Sabe que la complicidad con quiénes miramos sus películas es una religión. Por eso siempre nos hace partícipe de la mentira, en saber quiénes son los artífices del engaño. Una cuestión moral que él entiende para que nunca nos sintamos traicionados o estafados. En acompañar a los personajes en la sensación de no ser descubiertos, en meternos en ese pellejo que debe ser salvado.

En Perros de la calle, una anécdota sobre una venta de drogas con un desenlace insólito es lo que Freddy (Tim Roth) debe aprenderse de memoria y con riguroso lujo de detalles para hacerles creer a los integrantes de una banda criminal de que él es, efectivamente, uno de ellos. Es el factor clave para que él, un policía encubierto, pueda infiltrarse en el plan de un robo. Es un elemento de la trama fácilmente discernible, pero en una lectura más profunda significa que él debe hacer esa mentira lo suficientemente creíble para mantenerse vivo. La ficción es lo que lo salva.

Crear un personaje, al igual que lo hace Beatrix (Uma Thurman) en Kill Bill cuando intenta alejarse de esa vida de muerte que significa trabajar para Bill (David Carradine). Y ese personaje, esa vida inventada (ella es una inocente novia a punto de casarse con un bonachón) es la que Bill le echa en cara como justificación para masacrar a sus seres queridos y casi matarla a ella.

Una fachada, como la de una actriz alemana junto a sus colegas italianos atendiendo a la premier de un importante film para los nazis, es la que usan nuestros héroes en Bastardos sin gloria. Una mentira ya descubierta desde antes por Landa (Christoph Waltz), pero que no impedirá que se divierta un poco con ellos, justamente realizando otra fachada él mismo, antes de poner en marcha su maquiavélico plan del que querrá salir victorioso.

Si esas historias o esa fabricación de personajes no son la razón por la que eviten la muerte o conseguir algo a su favor, usualmente son el puntapié de toda una trama. En Pulp Fiction, ¿Por qué Butch (Bruce Willis) es capaz de arriesgar su vida para recuperar un reloj de oro? Sí, claro, podríamos recurrir a una simple línea de diálogo con el que diga “Ese reloj es muy importante para mí”. Pero no. Tarantino dedica una extenso flashback, al comienzo del episodio (nunca mejor titulado… “El reloj de oro”), para que entendamos su importancia. ¿Cómo? Con el Capitán Koons (Christopher Walken), amigo del padre de Butch durante la guerra, que le cuenta a él como niño, la historia e importancia de ese reloj. Nosotros, como Butch, escuchamos la historia con lujo de detalles. No nos cuentan su importancia con un diálogo expositivo, sino que oímos la historia a la par del personaje. Y esa es toda la información que necesitamos.

Este entramado de mentiras, ficciones y personajes inventados es el ADN de Tarantino. Un realizador que en una entrevista dijo: “nunca cuando veo una película me olvido que estoy viendo una película”. Porque sabe que es necesario saber lo que es la vida real para amar tanto la hermosa mentira que es el Cine. Para él, el Cine no es la vida real, sino que es un escape, un sueño consciente, un salvataje. La razón por la cual narrar una historia, la puesta en escena, la creación como personificación de personajes y, en definitiva, el Cine son parte vital en sus películas.

Ese es el funcionamiento de esa máquina de Cine que es Quentin Taranino.

© Santiago Buonasena, 2018 | @SantzBuonasena

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

COMENTAR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

COMPARTIR

© A SALA LLENA.