02.02.19
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De potencias y contradicciones | Sobre el reestreno de La Lista de Schindler, por Hernán Schell

En la década del 80, Ángel Faretta escribió un texto llamado Los Cazadores de la Aventura Perdida. Allí, Faretta hablaba de que las películas de Indiana Jones caían en una contradicción extrañísima. Por un lado, homenajeaban los seriales de la década del 20, pero, por otro lado, al hacerlo con la última y más alta tecnología de los efectos visuales, destrozaban toda la propuesta lúdica de esos films de escenarios de cartón donde, en alguna medida, se le invitaba al espectador a jugar un juego. Una década después, el crítico Jonathan Rosenbaum señalaba que Rescatando al soldado Ryan caía en otra contradicción: un inicio brutal y realista que nos retrataba con crudeza el desembarco en Normandía y un resto de película que juntaba de manera muy consciente varios clichés de ficciones cinematográficas bélicas.

En ambos casos, parecía apuntarse un poco a lo mismo: que Spielberg no puede consigo mismo, y que sus intenciones parecen ser traicionadas o por su afán de tener grandes efectos especiales, o por una determinada cultura cinéfila que lo hace caer en los géneros aún cuando quiere hacer un cine más realista.

La lista de Schindler es, lógicamente, un caso bastante claro de ese tipo de contradicción. Spielberg quiso en su momento -o eso al menos manifestó- hacer un film realista, que no usará storyboards y usara mucha cámara en mano, rechazando cualquier tipo de plano con grúa, steadycam, y dándole a la película una supuesta “apariencia documental”. De hecho, cualquiera que tenga un conocimiento sobre el Holocausto sabe que La lista de Schindler puede perfectamente considerarse una película bastante didáctica a la hora de retratar ciertos aspectos de la vida en los campos de concentración, de las horrorosas estrategias de exterminio por parte de los nazis, o de la figura del Judenrat.

Al mismo tiempo, La lista de Schindler va elaborando un relato que bien podría encajar en el modelo narrativo de cualquier película de gran espectáculo hollywoodense. De hecho, La lista de Schindler es una película estilísticamente frankensteniana, que parece tomar influencia de muchas películas y directores distintos. Hay algo en este largometraje de Roberto Rossellini, sobre todo en las partes en las que Spielberg muestra la vida en los campos de concentración con la distancia seca que caracterizaba al cineasta italiano; también parece tener algo de La caída de los dioses, de Visconti, en su mostración de nazis obsesionados con la fiesta y ávidos de dinero. Sin embargo, en otras ocasiones, La lista de Schindler pareciera tener bastante en común con el cine épico y trágico de David Lean, sobre todo en lo referente a la construcción de un protagonista que termina siendo (como Lawrence de Arabia, una de las películas preferidas de Spielberg) una suerte de híbrido cultural que no termina perteneciendo a ninguna parte. A veces, incluso, Spielberg usa los mecanismos del suspense hitchcockiano, haciendo que algún personaje que sabe menos de lo que sabe el espectador se encuentre en una situación de peligro. Esta última lógica es la que Spielberg aplica en varios momentos del brutal exterminio del ghetto de Varsovia, y también en la famosa y tremenda escena de las duchas (que viene con guiño cinéfilo a Psicosis incluido). De hecho, una de las cuestiones más extrañas de La lista de Schindler es que en el fondo es al mismo tiempo una película demoledora que transcurre en tiempos del Holocausto, y un largometraje rabiosamente entretenido: con un manejo creciente del suspenso y del morbo y con momentos de humor (bastante más de lo que recordaba); un villano diabólico como el nazi Amon Goeth y un protagonista carismático al que seguimos con atención, en buena parte porque irá evolucionando moralmente a lo largo de la película.

Esta evolución se verá en un momento de quiebre por todos conocido que es en el suceso de la nena con el tapado rojo. Dicho momento sucede durante la brutal masacre del ghetto de Varsovia: una de las escenas más terribles de la película, así como un instante hecho de puro Hollywood, en el cual un personaje frívolo de pronto tiene una revelación que cambiará su vida. Es polémico el instante, porque en alguna medida Spielberg juega con el espectador en dos niveles: por un lado, el del realismo terrible de una masacre masiva, por el otro, el de seguir con atención una historia individual de redención.

Hacer este doble juego permite que nuestra atención no se concentre pura y exclusivamente en un hecho horroroso y real demasiado intolerable. Y acá es donde entra una de las polémicas que despertó y sigue despertando el film, porque es como si Spielberg tuviera al fin y al cabo que contar ese hecho histórico y trágico disolviéndolo con un poco de azúcar. Algo similar pensaba Stanley Kubrick, quien dijo que La lista de Schindler no era una película sobre el Holocausto, en tanto la Shoah es la historia de seis millones de personas asesinadas, mientras la película de Spielberg es la historia de 600 que se salvaron. Podría agregar además que la propia construcción de suspenso hitchcockiano en las escenas de masacres es también una forma de dulcificar el horror, o de hacerlo al menos entretenido dándole -por qué no- una fascinación morbosa.

Mucho y demasiado se ha hablado respecto de este aspecto del film de Spielberg, tanto para el lado de quienes lo defendieron, como para el lado de quienes la descalificaron llamándola abyecta. Ya en todo caso hablé parcialmente sobre esto en una nota publicada el año pasado y no es mi deseo en esta nota emitir un juicio moral o estético sobre esta decisión.

Quizás hoy lo que me llama atención de La lista de Schindler es que su propia historia individual alla Hollywood puede ser un film mucho más oscuro y pesimista de lo que parece. Y quizás acá es donde entra una influencia notoria y secreta de este film: la de Frank Capra, ese cineasta que tras su apariencia esperanzadora y supuestamente ingenua escondía un grado de ambigüedad y hasta pesimismo mucho mayor de lo que aparenta su superficie. A Capra le interesó más de una vez el tema de la bondad, y puede que la película navideña ¡Qué bello es vivir! sea la más sutil exploración sobre la bondad jamás filmada.

Allí Capra imagina la historia de un protagonista noble y querido por todos que de a poco va sufriendo, por así decirlo, la consecuencia de su propia generosidad: de este modo, este hombre que soñaba con ser libre y viajar por el mundo, termina quedándose en su casa, teniendo un trabajo que no le gusta y viviendo una vida siempre al borde de la ruina, porque siente un deber moral de ayudar a su padre, a su esposa y los habitantes de su pueblo. La historia de Oskar Schindler en esta película también es el relato de alguien que, por así decirlo, termina cargando con su propia bondad. Al principio de la película, Oskar Schindler es presentado como un ventajista y un canalla, pero también como un hedonista incapacitado de sentir angustia. Su indiferencia frente al mal ajeno no lo hace demasiado diferente en su inmoralidad a los nazis ejecutores y sádicos, algo que la película de Spielberg marca cuando hace un montaje paralelo entre Schindler y el psicópata Amon Goeth.

Sin embargo, tras la visión de Schindler de la masacre del ghetto de Cracovia, toda su percepción de las cosas empieza a cambiar, y poco a poco termina tornándose un héroe, un salvador hasta en el sentido crístico del término. No obstante, ese cambio progresivo no parece hacerlo más feliz. Al contrario, Schindler empieza a perder todo su dinero, se desconecta cada vez más de su mundo de comodidad, y en algún punto termina perdiendo ese sentido práctico de la realidad que tanto le servía para su mentalidad empresaria. Respecto de esto último, hay una escena clave del film. Allí lo vemos a este Schindler mesiánico, lleno de generosidad, hablar con su contador Itzhak Stern, quien le reclama a Oskar que su fábrica está haciendo casquillos para la guerra que vienen fallados, lo que puede traerle problemas con los altos jerarcas nazis. Schindler no sólo no se muestra preocupado por este hecho, sino que revela que él mismo sabe de esta situación, ya que no quiere permitir que su fábrica use elementos para la muerte.

Es un gesto amoroso por parte de Schindler, pero tampoco exento de irresponsabilidad. Hacer esto podría derivar en una inspección por parte de los nazis, y junto con esto, en la destrucción de la empresa filantrópica de Schindler de salvar a cientos de judíos que trabajan en su fábrica a salvo de los nazis.

Esto también muestra que Schindler no está pensando con demasiada racionalidad, un hecho que se ve ya en una de las escenas finales del film, que es, al mismo tiempo, la escena más lacrimógena y demoledora de toda la película. Allí lo vemos a Oskar pensando en toda la gente que no salvó mientras repite una y otra vez la frase “pudieron haber sido más”. Lo que destruye de esa escena no sólo es ver a un hombre bueno sufrir, sino verlo sufrir precisamente por haber caído en ese círculo de bondad y generosidad que en vez de enorgullecerlo, lo ha llenado de culpa por cosas que no pudo realizar.

La última imagen que veremos de Schindler será la de un hombre mirando por la ventanilla del auto, inundado por la culpa y el dolor. Su contraparte Amon Goeth, en tanto, se verá por última vez en la película en una ejecución donde antes de ser ahorcado dirá, sin mostrar el menor miedo ni el remordimiento por sus horrendos crímenes, “Heil Hitler”. Que un psicópata siniestro termine su vida de forma más tranquila que un héroe es un pensamiento tremendo e insoportable. Si no lo percibimos del todo en un primer visionado, es más que nada porque la cuestión del Holocausto es lo suficientemente infernal como para que ese aspecto de la película pase desapercibido.

Capra también imaginó en ¡Qué bello es vivir! que un canalla como Potter podía más de una vez ser una persona más feliz que un buen tipo, pero Capra, director católico y muy creyente, creyó en la posibilidad de que un Dios podía terminar compensando las cosas al hombre bueno gracias al amor del prójimo y una ayuda de la Providencia.

Spielberg no es una persona especialmente creyente, y puede que si muchas veces hay en su cine temáticas cristianas sea menos por convicciones personales y más por la fuerte influencia que han tenido sobre él cineastas católicos como los mencionados Capra y Hitchcock, o John Ford. Cuando La lista de Schindler termina, Spielberg no imagina, como lo hubiera hecho un Capra, una suerte de alivio en vida para su protagonista, sino una consecuencia más lógica y práctica como es un legado de cientos de personas salvadas gracias a su sacrificio personal.

Teniendo en cuenta que hacia el final de la película para Schindler eso no fue suficiente, y que el peso de la culpa por los no salvados parece ser más enorme en su vida que cualquier otra cosa, es imposible saber hasta qué punto ese desfile de gente que se ve al final puede funcionar como un aliciente para uno como espectador.

Pero nuevamente, La lista de Schindler, pese a todo su supuesto mensaje de esperanza, probablemente sea una película mucho más ambigua de lo que uno piensa. No es una teoría descabellada. Este film que habla de un exterminio masivo a partir de gente que se salvó, que es tanto una película cruda como un gran espectáculo consciente de sí mismo, que puede ser visto tanto como un film esperanzador como oscuro. A esto además podría agregarse otra cosa, y es que La lista de Schindler es un relato en donde los judíos son exterminados por cuestiones monetarias y que tiene a un empresario magmánimo como el héroe máximo.

Como alguna vez señalaron Faretta y Rosenbaum, el cine de Spielberg puede esconder tras su apariencia tersa y transparente muchas contradicciones internas. A veces, estas contradicciones le han jugado en contra. Pero no estoy tan seguro de que este sea el caso de La lista de Schindler. Pienso, por el contrario, que estos choques la benefician, la hacen distinta a casi todas las representaciones del Holocausto que se hayan hecho en el cine en las últimas décadas, y la vuelven aun después de dos décadas y media una película fascinante, a veces irritante, a veces polémica, no exenta de defectos, pero también viva.

@ Hernán Schell, 2019 | @hernanschell

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