24.04.17
BAFICI 2017 _ Festivales

BAFICI 2017: Críticas 6

No Intenso Agora, de João Moreira Salles (Brasil, 2017 – Competencia Internacional), por Guido Pellegrini

Un documental arrollador, vital y melancólico. João Moreira Salles rescata fotos y filmaciones del Mayo francés y la Primavera de Praga, rodadas por amateurs o canales de aire, y las mezcla con home movies de su madre durante su viaje a la China de la Revolución Cultural. Es una película sobre hechos históricos, pero abordados desde nuestro intenso ahora de conflictos armados y protestas masivas en cientos de países. Los debates televisados que vemos en la pantalla, aunque se emitieron a fines de los sesenta, no quedarían fuera de lugar en algún noticiero actual. Las preguntas que se plantean siguen vigentes: ¿En qué consiste la relación ambigua entre los movimientos estudiantiles y los obreros? ¿De qué sirve reclamar transformaciones sociales sin presentar alternativas concretas? ¿Cómo se puede preservar la frescura y la intensidad de una revolución sin caer en la solemnidad y la auto-parodia?

La mirada de Salles no es ni complaciente ni condenatoria. Se emociona con la energía y los sueños de los jóvenes franceses de 1968, quienes por unas semanas creyeron poder cambiarlo todo. Se detiene en una joven que habla por teléfono con la madre de un compañero. La señora quiere saber dónde está su hijo y la muchacha le asegura que está sano y salvo. En el rostro de la chica percibimos una absoluta felicidad. Está totalmente consciente del momento único que le tocó vivir. Las calles parisinas están invadidas por el grito común de su generación, y ella no puede evitar hablarle a la señora con cierta condescendencia. Entre ambas media un abismo: la madre pertenece a un mundo antiguo y de valores arcaicos; la estudiante es lo nuevo, lo que vendrá, el progreso. Pero Salles, aunque empatiza con la segunda, tampoco le da la razón. Más adelante descubriremos que ese mundo y esos valores supuestamente anticuados no se habían perdido en el pasado sino que estaban listos para reafirmarse en el presente. La manifestación más grande del Mayo francés fue en realidad la contramarcha conservadora.

Repasamos, también, las historias de ciertas figuras mediáticas, cuyas vidas resumieron los vaivenes de los movimientos sociales que encabezaron o simbolizaron. Daniel Cohn-Bendit fue el más vocal y conocido de los estudiantes franceses, y lo vemos en el ojo de la tormenta, rodeado de compañeros o en un panel televisivo, defendiendo la causa. Pero también escuchamos sus reflexiones posteriores sobre lo ocurrido, empapadas de ironía y desilusión. Asistimos, de esta manera, a un diálogo audiovisual entre la inmediatez de 1968 y el análisis retrospectivo que llegaría después. Cohn-Bendit, en sus escritos, lamenta haberse dejado cooptar por la prensa tradicional, que usó su imagen para vender revistas. Reconoce su propia extenuación y desgano. Admite que sus apariciones públicas se volvieron un teatro ambulante. Comenzó a cumplir con lo que otros esperaban de él y se olvidó de las emociones genuinas que antes lo habían inspirado. Aunque también concede que, desde un principio, siempre aprovechó sus dotes de actor, para sonar más convincente y llamar más la atención. Lo cual quizás sea inevitable: lo político, sin importar el signo, siempre tiene un poco de performance. Algo parecido sucedió en Checoslovaquia, donde la cantante Marta Kubišová fue el emblema del interludio reformista entre enero y agosto de 1968, que duró hasta la llegada de los tanques soviéticos. Tras la invasión, Kubišová se adaptó al restablecimiento del viejo orden, y sus canciones se volvieron ingenuas y baladíes, siguieron el rumbo de “normalización” que imperó en el resto del país.

También conocemos a otra figura, no mediática sino personal: la madre de Salles. Su periplo por China, lleno de sorpresas y alegrías, contrasta con las trayectorias amargas de Cohn-Bendit y Kubišová. Es que el gigante asiático emprendió una revolución triunfante, al menos si consideramos su perpetuación en el tiempo. Las de Francia y Checoslovaquia se extinguieron, pero la de Mao siguió para adelante. Sin embargo, el caso chino es el único que el documental observa desde una perspectiva extranjera. Sobre el Mayo francés, escuchamos los testimonios de franceses como Cohn-Bendit. Sobre la Primavera de Praga, vemos películas caseras hechas por checos y oímos las canciones de Kubišová. Pero a la Revolución Cultural sólo nos acercamos a través de las impresiones de una brasileña y de Alberto Moravia, el escritor italiano. Por eso el aparente optimismo de los pasajes rodados en China es más complicado de lo que parece. Es como si Salles ubicara al paraíso siempre más allá, como concepto o posibilidad, un lugar al que todavía no sabemos cómo llegar. Incluso el éxito chino sólo puede entenderse como tal desde el punto de vista sesgado y limitado del visitante. No se trata exactamente de bajar los brazos, sino de entender lo que implica una transformación de la sociedad: los sacrificios colectivos, el salto al vacío de lo desconocido, los prejuicios sociales que se resisten al cambio. Resuenan las palabras de Cohn-Bendit, cuando le preguntan por qué los estudiantes quieren derribar un orden sin saber con qué remplazarlo: responde que, en el difuso impulso de los jóvenes, al menos está la idea de un mundo mejor.

calificacion_5

 

 

 

Prank, de Vincent Biron (Canadá, 2016 – Vanguardia y Género), por Martín Chiavarino

Los bromistas

Prank narra las peripecias de un grupo de adolescentes guasones de clase media que se filman realizando bromas pesadas en la vía pública. Cuando Stefie se suma al grupo, la dinámica de Martin, Lea y Jean-Sé se enriquece y comienzan a realizar bromas cada vez más complejas y peligrosas que llevarán a que Stefie considere que la diversión se ha convertido en abuso. A esto se suma la posición ambigua de Lea, que se debate entre su relación amorosa con Martin, el líder, y su reciente amistad Stefie, el adolescente dulce e inocente, que fantasea con ella.

El film de Vincent Biron se introduce así en los vaivenes de la compleja dinámica adolescente actual desarrollando la acción alrededor de los estímulos de la cultura de la masas, con guiños a varios films populares de los ochenta como Depredador (Predator, 1987), Duro de Matar (Die Hard, 1988) y El Gran Dragón Blanco (Bloodsport, 1988). Entre broma y broma, los chicos reflexionan sobre la necesidad de pensar, la importancia de las buenas historias y cuestiones típicas de la edad en un idilio divertido y ameno en el que el protagonista se descubre a sí mismo a través de una comprensión de su rol gregario.

La propuesta funciona como una cálida comedia de situaciones adolescentes sin demasiadas pretensiones, agregando las historias de las víctimas de las bromas como un aditamento que potencia las mofas a través de su contextualización. Prank (2016) utiliza así el mundo adolescente y sus problemas para ver qué ocurre cuando el tiempo libre y un espíritu jocoso y desenfadado se unen para buscar los límites sin encontrarlos, generando un corrimiento constante de los mismos, que lleva a los protagonistas cada vez más hacía unos márgenes desprovistos de futuro.

calificacion_3

 

 

 

Corralón, de Eduardo Pinto (Argentina, 2017 – Competencia Argentina), por Matías Orta

El lado oscuro de la condición humana es un terreno tan prohibido como fascinante. ¿Cómo no pensar que cada uno de nosotros está a pocos milímetros de perder la cabeza y cometer una atrocidad? ¿Es cuestión de tiempo para que la bestia interna se manifieste? Desde ya, un material precioso para el arte, como el cine. Argentina viene de dar ejemplos más que interesantes, empezando por Relatos Salvajes (2014), El Eslabón Podrido (2016) y El Otro Hermano (2017). Corralón (2017) bucea en las mismas aguas pantanosas.

Juan (Luciano Cáceres) e Ismael (Pablo Pinto) son dos empleados de un corralón del conurbano bonaerense. Siguiendo las directivas de su jefe (Carlos Portaluppi), trasladan material por la zona y también en diferentes ciudades. La relación con sus clientes suele ser amigable. Las cosas cambian cuando les toca tratar con un empresario elegante y adinerado (Joaquín Berthold); tanto él como su bella esposa (Brenda Gandini) no hacen más que manifestar desprecio. No dispuesto a dejarse amilanar, Juan decide mantenerlos cautivos, pero no para pedir un jugoso dinero por el rescate sino con un fin mucho más siniestro.

Como en las películas que dirigió anteriormente, Palermo Hollywood (2014) y Caño Dorado (2011), Eduardo Pinto vuelve a presentar personajes que sucumben a una vida criminal, con las terribles consecuencias que eso implica. Aquí comienza como un retrato costumbrista de la vida en unos trabajadores en apariencia comunes, y de a poco se va sumergiendo en un pantano de locura y perturbación, donde cada uno irá perdiendo lo poco que le queda de humanidad.

La fotografía en blanco y negro (también cargo del director) y la música de Axel Krygier son cruciales para construir un ambiente pesado, que funciona tanto para un registro de carácter realista (predominan las calles de tierra, las casas humildes) y potencia los aspectos más oscuros de la trama.

Luciano Cáceres se roba sus escenas como Juan, un devoto de los perros que cree estar haciendo lo que cree correcto cuando en realidad no hace más que abrir las puertas del infierno. La química entre él y Pablo Pinto (quien aporta algo de humor y conciencia al dúo) es el punto fuerte del film. No menos destacados son las participaciones de Berthold, Gandini y Nai Awada en el rol de una muchacha que tampoco es todo lo que aparenta.

Corralón habla de tensión social, habla de intolerancia, pero sobre todo, invita a confrontar con el animal que llevamos en nuestro interior. Un animal imposible de domesticar.

calificacion_4

 

 

 

Wind, de Tamara Drakulić (Serbia, 2016 – Competencia Internacional), por G.P.

Se podría resumir la trama en un corto de diez minutos: un hombre y su hija, Mina, van de vacaciones a una playa. Para él es un paraíso; para ella, un infierno de aburrimiento. Al menos, hasta que conoce a un extraño de pelo largo, Sasa, que al principio ella menosprecia por su aspecto de surfista pero de quien eventualmente se enamora. El problema es que él ya tiene una novia, una rubia nudista que recorre la película con poca ropa y sólo algo más de diálogo.

Planteado el triángulo amoroso, el guión apenas lo desarrolla. Lo mismo ocurre con la relación entre Mina y su padre, una sucesión de escenas que marcan las distancias entre ellos, por lo que no se dicen y no comparten. Es una trama estática, cuyo sentido surge precisamente de su inmovilidad. Si fuese argentina en vez de serbia, la protagonista diría que su vida no va ni para atrás ni para adelante.

Lo mejor de la película es cómo evoca, con gran sutileza, los ritmos, los colores y los sonidos de la playa, el verano y el tiempo muerto de la espera y el descanso. También, en esta exasperante tranquilidad, intuimos algo más sombrío, el vacío que siente alguien que tiene toda su vida por delante y pocas ganas de disfrutarla. Junto al surfista, Mina experimenta algo de felicidad, pero su relación es una promesa que nunca se concreta.

Sin embargo, si pensamos en otras historias playeras sobre el amor y la muerte, como El desconocido del lago, o adolescentes errantes, como A nuestros amores, a Wind (2016) le falta algo más para destacarse. Es hermosa y delicada, por momentos profunda, pero no deja de ser predecible. No se habla del argumento, cuyo desenlace guarda algunas sorpresas, sino del planteo estético. Una vez que entendemos la lógica poética del montaje, las tomas se vuelven repetitivas y pierden potencia. Igualmente, sigue siendo un film valioso.

calificacion_3

 

 

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