26.01.21
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Crítica: Gambito de dama (The Queen`s Gambit) (Netflix), por Lucas Manuel Rodriguez

EXPANSIÓN VERTICAL

Por motivos que nos superan, o no tanto, poco se ha analizado la autoría de Scott Frank -guionista y director de esta adaptación de la novela escrita por Walter Tevis- en sus colaboraciones dentro de superproducciones dirigidas por figuras como Steven Spielberg y James Mangold, incluyendo Logan de este último, no sobra destacar.

Frank y el co-creador Allan Scott se propusieron llevar, mediante una puesta en escena firme, a un emblema tan universal como el ajedrez a un grado narrativo y representativo al que poco nos han acostumbrado. Sí, ha sido explotado con cierta lógica en innumerables franquicias, como 007, X-Men y Harry Potter, pero nunca con un compromiso de continuidad tan notable como el de esta mini serie. Para ser específicos, en De Rusia con amor, es vuelto amuleto por Kronsteen, quien lo emplea alegóricamente en un plan solicitado por la organización antagónica y, por supuesto, fracasa; en La piedra filosofal, sus reglas son aplicadas con destreza por el mejor amigo del protagonista para superar un obstáculo; por su parte, en la saga de los mutantes es la lengua común, el momento de fraternidad, entre los Magneto y Profesor X de las dos generaciones conocidas a la fecha.

En Gambito de dama, como hemos analizado en otra oportunidad sobre Logan, predominan las verticalidades desde el primero de los siete episodios. La niña Beth Harmon (Isla Johnston) desciende con regularidad las escaleras del sótano del orfanato, donde conocerá su obsesión máxima y será asesorada por el conserje William Shaibel (Bill Camp), que en un comienzo lo hará a duras penas y con tiempos muy limitados, algo que no detendrá a la joven, quien, tomando impulso con las drogas –inicialmente- obligatorias de la institución, memorizará los movimientos de las piezas -antes que las reglas del juego- y los representará, gráfica, mental y verticalmente, en el techo de su dormitorio compartido.

Así, y muy pronto, comprenderá la técnica que le da título a la obra, que consiste en ofrecer peones como sacrificio para abrirle caminos a la reina, la pieza que dispone de mayor soltura en los movimientos a realizar en el tablero. En ocasiones puede implementarse con el motivo de despistar al oponente, cuando en realidad la jugadora aproxima sus peones al extremo opuesto para recuperar reinas. Claro que esto se espejará en la cotidianidad de Beth (ya encarnada por la siempre excepcional Anya Taylor-Joy) y los pequeños pasos que dará juntando el dinero y la información pertinentes para competir en ligas cada vez más superiores. Hay acciones, en apariencia diminutas, que son la expresión de esto, como al no aceptar el vuelto de su kiosquero local porque los dos asumen que ella le hurtó las primeras revistas para formarse profesionalmente y notificarse con los clasificados acerca de los torneos más cercanos.

Este es el relato de una self-made woman en el que se aniquilan constantemente las moralejas. Nos encontraremos con la infaltable superación al alcohol y las drogas, el ascenso de una personalidad prodigiosa en su rubro, el descenso emocional, espiritual y físico una vez alcanzada la cima, pero siempre al beneficio de una persistencia poética que se desencadena de una primera fábula con la cual no tiende a rivalizarse.

Las escaleras que baja Beth en un primer tercio de la obra remarcan el llamado al orden; sucede tanto con las del sótano en el que tendrá sus primeros acercamientos en el ajedrez, como con las que la conectan con Alma Wheatley (Marielle Heller), su madrastra, inminente orientadora financiera y mentora en cuestiones de lujos y ocios. Las escaleras que sube en el primer punto de giro profesional le presentan obstrucciones con el Torneo de Las Vegas, ya que son las que la llevan a descubrir la homosexualidad de Townes (Jacob Fortune-Lloyd) y así su primer desamor, como también a su primera derrota frente a Benny Watts (un Thomas Brodie-Sangster sobresaliente con la presencia más camorrista de la serie y probablemente de su carrera).

Hay a su vez escombros en la frivolidad de los vicios. No tanto en las borracheras y el consumo de sus píldoras favoritas, sino en las alternativas propuestas por quienes aparentarían gozar de una vida libre de responsabilidades y sin temor a los excesos. Ya desde su juventud, lidia con la obligación de convertirse en una cantante refinada, en contraste con una adolescencia en la que sus compañeras institucionales se regocijan con sus experiencias al borde del coito, mientras que ella –cual Carrie White- contempla una tardía primera menstruación a los quince años durante su progreso en el concurso del que obtendría una primera victoria públicamente reconocida. 

Si hay una escena que cede, irónicamente, a la solución de continuidad de este aspecto es la entrevista con la periodista de la revista Life, quien se pone en ridículo ante nuestra mirada, pero le siembra dudas importantes a Beth sobre su estilo de vida (valga la simetría con el nombre del medio gráfico). Nuestra protagonista responde con honestidad a las preguntas acerca de su pasado y la entrevistadora se la pasa vinculando al rey y a la reina como un padre y una madre, respectivamente, sobreponiendo una lectura perversa y chata del psicoanálisis y obteniendo de la entrevistada un humilde “solo son piezas”. La mujer -portadora y divulgadora de conceptos superficiales- no abandona la habitación de Beth sin antes sugerirle, bajo el término de “apofenia”, que ella es una simple joven, confinada entre la genialidad y la locura, buscando sentido y relaciones no establecidas donde en realidad no hay nada de valor, también que no hay nada de hermoso y artístico en los 64 casilleros del tablero, salvo distracción y escapismo para sobrevivir a un ambiente depresivo. 

Tan sagaz e ingenioso es Scott Frank, en su dirección y escritura, que la última recomendación que le hace esta columnista de trivias enciclopédicas a Beth es que juegue al bridge porque sabe que a los ajedrecistas les gusta: entendemos, en primera instancia, que habla del juego con naipes de póker; en segunda instancia, a voluntad, comprendemos que ese bridge/puente consiste en pontificar los valores de cartas que están dispersas en un mazo y/o sobre la mesa, acción que está emparentada con todo lo otro que, según dicha periodista,  entra en el terreno del sobre análisis. La ironía es siempre una herramienta que no duda en destrozar a personajes saboteadores de la sabiduría y amantes desesperados por el mensaje inmediato. Ahora, esto no quita que, en medio del saboteo, Beth probó el auténtico sabor de la angustia.

En México, donde perderá a su segunda madre, Beth oye por primera vez y con claridad a su némesis histórico, Vasily Borgov (Marcin Dorociński), de espaldas a ella dentro de un ascensor. Es en este transporte vertical que, a diferencia de sus acompañantes, Borgov confiesa que la considera como una semejante. También en esta locación tendrá lugar el primero de tres enfrentamientos entre ellos. Cuando esto sucede, y la obra expresa cierta fijación en la repetición no reproducida de acciones, nos vemos tentados a ligar la puesta con la tríada retórica de El concepto del cine. El primer encuentro, como índice y presentación formal de los rivales, culmina con la ofuscación de una Beth Harmon que no soporta la alienación de Borgov frente al juego. Ella especula, es decir, se espeja en él y se sugestiona al comprender que la similitud señalada en el ascensor es precisa. Todo esto ocurre a la sazón de un montaje paralelo, cuando vemos que, mientras Beth juega, su madrastra Alma se pierde el partido al observarse en un espejo por última vez en su vida. La angustia, mediante puesta en escena, fuera de campo, y no por decorados, es compartida entre madre e hija hasta el último aliento.

Al volver a su casa, Beth rechaza las escaleras y ocupa el asiento de su madre. La verticalidad es retomada por la gracia de Harry Beltik (Harry Melling, alias “el primo de Harry Potter”). Es con el punto de vista de Beltik, a través de sus visitas a la casa de la primera mujer que lo destronó en los torneos locales, que acompañamos a la protagonista en su reencuentro paulatino con lo vertical. No la vemos subir las escaleras, por elipsis la vemos, junto a este muchacho que apunta con sus ojos de mirón, a través de sus siluetas exhibidas en las ventanas del piso superior. Una vez en los interiores del hogar, él le propone jugar partidas de ajedrez parados, o, más bien, apoyados sobre la mesada de la cocina, con el añadido de poner en práctica y en voz alta las teorías de los autores que siempre leyeron, más alguno que otro desconocido por ella. Esto para probarle que con el intelecto no se agota ni el descubrimiento, ni la diversión.

Una meta de Beltik también era la de conseguir encuentros íntimos con ella, los cuales los obtiene con incomodidad y por consentimiento mutuo en uno de los cuartos del primer piso. Lo vertical pronto se vuelve un arma de doble filo para el muchacho, ya que por él nos enteramos de que ella consume excesivamente las píldoras, cuando este es reflejado en el espejo del baño al levantarlas verticalmente desde un sector que no podemos percibir en el campo visual. Por otro lado, Beth no tarda en aplicar estos ejes verticales que vienen con su nuevo amante, los cuales le permiten visualizar que debajo de la fachada del carrito y el bebé de su ex compañera de escuela -amante del libertinaje y ahora vuelta madre ejemplar- yace una turbia adicción hacia las bebidas alcohólicas, simétrica a la que padeció Alma cada vez que fue abandonada por un hombre.

Los caminos de Beth Harmon y Harry Beltik se bifurcan. Una vez aprendido todo lo que él sabía, ella reanuda las actividades en los campeonatos de su deporte favorito. En Ohio se reencuentra con Benny Watts, el vencedor de su primera derrota, a quien le pregunta, observándolo desde arriba (y no desde abajo, como la vez que lo conoció), para qué es el cuchillo que siempre porta en su cinturón. La respuesta de Watts evidencia que, al igual que su indumentaria de cowboy, su aspecto es pura tramoya. Es después de haber sido derrotada en numerosas prácticas, y justo antes de vencerlo en una victoria oficial, que Watts le revela que el también mentaliza jugadas enteras como lo hace ella. Comprendemos, junto con la protagonista, que hay un fuera de campo en constante movimiento ante cada uno de los contrincantes destacados.

Borgov la espera en París para la revancha y es ahí donde la serie nos recuerda que el punto de vista absoluto del relato le pertenece -casi- exclusivamente a Beth Harmon. Luego de innumerables prácticas y relecturas teóricas en un sótano ubicado debajo de la superficie de Nueva York, ella misma es la que decide darle un uso perverso a sus conocimientos –esto es, a la manera de un ícono-, cuando, la noche anterior a la confrontación, retoma sus viejos hábitos a base de bebida y píldoras y ni siquiera las toneladas de agua ingeridas logran purificarla de la resaca que padece al jugar contra el emblemático soviético. 

Para cualquier lectura sedienta de verosimilitudes sería muy fácil concluir que el gran traspié del episodio anterior se resuelve con muchos milagros surgidos en el último. Primero tenemos el regreso de Jolene (Moses Ingram), su amiga afroamericana del orfanato. Además de traer la solución monetaria -el dinero necesario para el viaje al torneo de Rusia-, de ser quien le enseñó la manera en la que habitualmente consume sus drogas y de descubrir que se volvió adicta a ellas, Jolene, dándole la espalda a un espejo, le devuelve a Beth una mitad que ella misma le había robado, el libro de Aperturas modernas de ajedrez, por Griffith y Sergeant, que su primer mentor le regaló a los nueve años. Claro que nuestra atención está en ese primer apellido y en cómo el libro se convierte en el nexo entre su presente y su infancia en el instituto, lugar al que vuelve y ajusta cuentas con su pasado, abarcando su disputa individual con el recuerdo de la muerte de su madre biológica.

Beth, en abstinencia absoluta de sus adicciones, asiste a la final de Moscú con toda la atención de la prensa internacional. Borgov pide un aplazo en plena partida, lo que le da tiempo a la mayoría de los viejos contrincantes de ella, reunidos en La Gran Manzana, para estudiar todos los movimientos posibles, ya que para ese momento el Times publicó la posición en la que fueron pausadas las piezas del tablero. Desde Rusia, ella y Townes, convertido en aliado y amigo, analizan todas las alternativas facilitadas por sus colegas minutos antes de concluir el torneo.

Minutos después de reemprender el juego final, Borgov no duda en hacer, a suma conciencia, una movida arbitraria, lo que desconcierta a Beth y a sus amigos espectadores. Es con esta acción que, por primera vez desde que conoció a su adversario, Beth Harmon reconquista simbólicamente su memoria –gráfica y vertical- en el techo del establecimiento. La tercera posición entre instinto, origen y teoría opera en su máximo esplendor. Si gustamos, estamos ante la manifestación del paso de lo Sagrado a lo Religioso, entendido a la manera que Ángel Faretta divulga desde sus escritos en Fierro compilados en Espíritu de simetría. Lo sagrado es definido como lo secreto (esta mentalidad vertical de la cual Beth se sentía privilegiada hasta que comprobó lo contrario con Benny) y lo religioso es el religar de los tiempos históricos a los originarios (Beth pontificando, haciendo oídos sordos a la revista Life, las habilidades propias, las del conserje y eventuales contrincantes, con las teorizadas por eminencias universales del ajedrez). En este orden  de contemplaciones, logra valerse de la técnica del Gambito de dama con la que finalmente congrega un Jaque Mate no cantado y derroca a un compasivo Vasily Borgov. 

 

 

© Lucas Manuel Rodriguez, 2021 | @LucasManuel94

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.`

(Estados Unidos, 2020)

Creadores: Scott Frank, Allan Scott. Dirección: Scott Frank. Elenco: Anya Taylor-Joy, Chloe Pirrie, Bill Camp. Producción: Mick Aniceto, Marcus Loges.

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