30.04.17
BAFICI 2017 _ Festivales

BAFICI 2017: Críticas 15

Niñato, de Adrián Orr (España, 2017 – Competencia Internacional), por Guido Pellegrini

Una cámara en mano que persigue a los personajes, tomas extensas que revelan la cotidianeidad de los protagonistas, conversaciones que no parecen relevantes pero que iluminan detalles cruciales, cuerpos que se mueven como si no supieran que están siendo filmados, niños que actúan como si no estuvieran actuando. Niñato (2017) es la típica película festivalera. Cumple todos los requisitos del cine contemplativo contemporáneo, como si rindiera examen. Por suerte, también hace casi todo bien. Es irreprochable. No nos desvela con las posibilidades del medio, pero logra lo que se propone.

David se dedica al hip hop y no tiene un mango. A sus 34 años, vive con su madre y mantiene a tres hijos, Luna, Mimi y Oro. Este último es el más problemático. Cada día está menos interesado en los deberes y más ansioso por jugar a los videojuegos. Sus notas en la escuela están empeorando. Se aburre fácilmente y si alguien dice algo que no le gusta, se tapa los oídos. Pero también es el que más admira a su padre. Se sabe de memoria las letras de sus canciones y las canta en la ducha. También tiene batallas de rimas con David. Sin duda, de sus pequeños, Oro es el que más se le parece. Y quizás, por este motivo, tiene miedo de que siga sus pasos. Aunque tampoco David es enteramente culpable de su derrotero económico. En esta España moderna, todo es gris y opaco. Escasea el laburo y el dinero, también.

De vez en cuando, David se junta con su novia. Son instantes de paz. Pero ella está a punto de conseguir una beca y partir hacia tierras lejanas que para él solo serán accesibles por Skype. No hay precisamente un desarrollo de los personajes, al menos desde el punto de vista psicológico. El director Adrián Orr y la guionista Ana Pfaff se concentran más en las relaciones entre los protagonistas. La novia de David es un espacio, un refugio, que pronto desaparecerá. Los hijos de David son puro potencial. Los adultos necesitan creer en ellos, los impulsan en la escuela, para así poder imaginarse una vía de escape, una alternativa a la realidad que los rodea, aunque sea para las próximas generaciones. David, por su parte, está siempre en movimiento, tratando de equilibrar una relación amorosa, una carrera artística y su labor de padre. Recibe ayuda de su madre y de su hermana. Todos están en la misma y salen para adelante como se puede.

La cámara suele ir detrás de alguien o quedarse quieta. En estos segundos casos, se enfoca en una figura, generalmente Oro o David, que puede estar sentada o tirada en la cama. Desde algún lugar que no vemos, más allá de los límites del encuadre, llegan voces que casi siempre son un reclamo. Oro es el que recibe la mayoría de las quejas, el que siempre está haciendo algo mal: o no se despierta a la mañana o no completa los ejercicios de la escuela o no quiere hablar sobre su rendimiento académico o no quiere hablar a secas. Quizás lo mejor de la película sea cómo sugiere, a través de estas voces que vienen desde afuera, la desesperación y exasperación de los adultos, que tal vez esperan que los más jóvenes se pongan en marcha y saquen a todos del lío nacional (o internacional, ya que estamos) en el que están envueltos.

calificacion_4

 

 

 

La Vida sin Brillos, de Nicolás Teté y Guillermo Félix (Argentina, 2017 – Noches Especiales), por Matías Orta

A fines de los ’70 y durante los ’80, su belleza y carisma les permitían tener el mundo a sus pies. Triunfaron gracias al cine, el teatro de revista y la televisión, de la mano de capocómicos de la talla de Alberto Olmedo, Jorge Porcel y Juan Carlos Altavista, mayormente a las órdenes de Gerardo y Hugo Sofovich. Eran épocas de destape, y no dejaron de lucir sus cuerpos con el mínimo de ropa. Los hombres las deseaban, las mujeres las envidiaban. Trascendieron el jet set para convertirse en íconos. Sin embargo, las décadas siguientes no fueron muy amables. El factor tiempo fue crucial: ya no son jóvenes como en aquellos años dorados, y las grandes puertas aparecen cerradas. Pero el director José María Muscari las rescató y las puso como protagonista de una de sus más recientes y exitosas creaciones teatrales: Extinguidas. De esta manera, Mimí Pons, Beatriz Salomón, Luisa Albinoni, Silvia Peyrou, Noemí Alan, Patricia Dal, Naanim Timoyko, Adriana Aguirre, Pata Villanueva y Sandra Smith (quien en realidad no fue vedette sino cantante y conductora) recuperaron la atención y la masividad.

El documental La Vida sin Brillos (2017) se sumerge en el detrás de escena de la obra. Pero lejos de conformarse con ser el típico backstage, con las rutinas en los camarines y pasillos, indaga dentro de la vida de cada una de las diosas de antaño.

La cámara muestra a la Peyrou dando clases a gente de la tercera edad, a la Dal haciendo radio y bailando milongas, a la Villanueva practicando deportes, a la Salomón rindiéndole tributo a sus orígenes turcos… Y sin bien gran parte del mérito de los directores Nicolás Teté y Guillermo Félix es el de no caer en sensacionalismos propios de los programas de espectáculos más burdos, le dan su espacio a que algunas de las mujeres puedan hablar de sus situaciones más íntimas. Tal es el caso de la Albinoni y el relato de su lucha para convertirse en madre, y la confesión de Noemí Alan acerca de su batalla contra las adicciones. Por supuesto, hay momentos de humor, de ternura, y de recuerdos vinculados a Olmedo, Porcel, el éxito de antaño y la visión del presente.

La Vida sin Brillos es mucho más que el retrato de sobrevivientes. Muestra a eternas batalladoras del mundo del espectáculo y de la vida, dispuestas a seguir superándose y no quedarse en el pasado (más allá de los lindos momentos), y lo hace con respeto y cariño, evitando los golpes bajos. La oportunidad perfecta para conocer en detalle a diosas de antes, diosas de siempre.

calificacion_5

 

 

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